Átropos. Silvina Ocampo

Átropos

Desde los cinco años tenía ideas extrañas sobre la muerte. Nadie se las había inculcado sino ella misma. No quería morir, pero no era por miedo a la muerte ni por el aspecto desdichado de Atropos; era por un sentimiento extraño: después de morir, ¿Qué había que hacer? ¿Cuál era la obligación primera, la segunda, la tercera?. La vergüenza de morir era lo primero que se le ocurrió y permaneció definitivamente en su corazón, como en el despertador el latido de la hora en que hay que levantarse aunque parezca que hay que acostarse justo a esa hora. ¿Cómo se vestiría? ¿Qué zapatos se pondría, blancos, negros? ¿Qué peinado le harían? ¿La raya al medio, dos trenzas, ninguna raya, el pelo estirado para atrás, con ondas que las trenzas dejan?. Interrumpiste el juego con las muñecas, sospechando que en la oscuridad de la noche las muñecas pensaban en vos y ¿qué mayor castigo que dejarlas solas, sin acordarse de ellas en ningún momento?. Algo te sucedía sin duda, por eso te preguntaban: “¿No jugás?” “No”. “¿Por qué?” “Porque no”. Que pensaría tu mamá al oírte decir cosas tan lejos de la verdad. Pensaba que algo te pasaba, pero nunca llegó a saber cuál era el misterio de tu angustia y fingía una alegría muy desmedida, al cantar una canción, golpeando en la madera de la cama el ritmo del canto. ¿Pensabas que algún día serías grande?. Nunca lo pensaste, pues para ti todo era absurdo, la vida de la gente mayor, las costumbres, los malos antecedentes. Preveía los desencuentros, las malas costumbres, la maldad, ¿por qué no?, la falta de respeto por todo lo que no era ellos mismos.

Y así sucedió que entre los juguetes más perfectos que no eran de ella sino de la hermana mayor, siguió creciendo hasta que las ideas la llevaron a preferir antes que a un hombre, un perro, una paloma, un tigre; quién sabe qué animal prehistórico, como las sirenas o el rezagado mamboretá o la íntima ballena, que meneaba su cuerpo en la televisión de los domingos. No era fácil vivir en la soledad ausente del jardín ni en los cuadernos de primer grado o del jardín de infantes. Jugaba, pero jugaba con sabiduría, sin saber qué hacía, como nosotros escribimos sin saber qué escribimos.

Mi hija se parece a mí, pero es en realidad mi madre, aunque yo la llame mi hija. Resolví sacrificar mi vida por ella y una tarde de tormenta en que los árboles se desplomaban, la invité a salir. Aceptó y sin cubrirnos la cabeza ni los pies salimos bajo la tormenta, con los ojos cerrados, como si el mundo hubiera desaparecido. Entonces sentí que la fuerza íntima del ser tenía que desaparecer y dejarnos frente a frente como dos ángeles felices. Y así fue como llegamos al cielo, creyendo que era el infierno, abrazadas como dos amigas de la misma edad, para siempre. Y el jardín del cielo era precioso.

Y yo miré en un espejito, que mamá me dio bajo la tormenta. Y mamá me dijo:

—¿Ves que somos felices? ¿Qué otra felicidad querrías?.

—Ninguna, salvo la de verte como te veo ahora mismo, tan bonita y tan buena como siempre lo fuiste.

Cuando era chica no sabía hablar. Ahora hablo como los ángeles, que tampoco saben hablar.

—Voy a ser muy feliz como en la tierra. Pero ahora no nos damos cuenta de lo felices que somos, como entonces tampoco nos dábamos cuenta de esta felicidad. ¿Volveremos a nacer?.

—Volvamos a nacer. Cerremos los ojos. Éste es mi sueño. Éste es tu sueño. Nuestro sueño.

Pero no era mi sueño ni tu sueño ni nuestro sueño. Todo era diferente a cualquier sueño. Una sensación de bienestar se apoderó de mí. Pensé que el cielo esgrime sus fuentes para engañarnos siempre de algo hermoso, de algo que nos asusta, como no nos asusta ni siquiera el tigre de la jungla, pero que sabe recatadamente que nuestra vida está entre sus garras siempre benefactoras, aunque al final nos mata, feliz de matar a quien lo espera, como aquel tigre que mi hija amaba.

Silvina Ocampo

Átropos o las Parcas. Goya

Átropos o las Parcas. Goya. Museo del Prado

En este cuento, la confusión de voces narradoras (tercera persona omnisciente, primera persona protagonista y segunda persona) se conjugan con el tema de la muerte y el sueño en los recuerdos de la infancia. Una mujer rememora las ideas que poblaban su mente infantil (después de morir, ¿Qué había que hacer? ¿Cuál era la obligación primera, la segunda, la tercera? ) y también sus sentimientos y emociones (No quería morir, pero no era por miedo a la muerte…, para ti todo era absurdo…, No era fácil vivir en la soledad ausente del jardín ni en los cuadernos de primer grado o del jardín de infantes…). La voz de la mujer adulta le habla a la niña que fue. En el recuerdo, las relaciones familiares madre/hija se confunden: Mi hija se parece a mí, pero es en realidad mi madre, aunque yo la llame mi hija. Resolví sacrificar mi vida por ella y una tarde de tormenta en que los árboles se desplomaban, la invité a salir. (…) Y yo miré en un espejito, que mamá me dio bajo la tormenta.

El título:

Átropos es una de las tres Moiras, las diosas del destino en la mitología griega, también llamadas las Parcas en la mitología romana. Cloto, Láquesis y Átropo son las hilanderas, las que se encargaban de tejer la vida de los seres humanos. Cloto devanaba el hilo, Laquesis lo tejía y Átropo  decidía cuándo se cortaba el hilo. Átropos también da nombre a un tipo de mariposa, la acherontia atropos, que tiene en el dorso una mancha amarilla en forma de calavera.

Aquí les dejo un poema de Silvina Ocampo en el que vuelve al tema de la vejez y la muerte:

LA VIDA INFINITA

A veces me pregunto, al escuchar
como un recuerdo ya, el zorzal cantar

en los fondos más dóciles del sueño,
qué persigue la vida en su diseño

y en qué nos tornaremos cuando nada
nos distinga del aire y de la oleada

del mar que baña orillas de la tierra
donde nacemos y algo nos destierra.

Cuando llegue Átropos, supersticiosa,
con su cara de negra mariposa,

¿tendremos el anillo de oro mágico
que nos protegerá del hado trágico?

¿O tendremos las alas, el caballo,
que traspasará el vidrio como un rayo?

¿O perderemos todo en un momento
con el secreto y breve adiestramiento

que nos dan ya las cosas indistintas?
No escribiremos con las mismas tintas.

No pasará Alejandro Nevsky sólo
con música, armadura y protocolo

en los cinematógrafos oscuros.
No existirán los largos, largos muros

en el remoto imperio de la China;
ni en el Tibet los monjes, su doctrina.

No existirán las sombras ni los piélagos.
ni las montañas ni los archipiélagos,

ni esos bustos dorados, ni esos nombres
ni esa voz que venera el pueblo, de hombres.

No habrá tigres ni monstruos de cemento,
ni la proclamación del monumento.

No habrá teatros y gentes y mercados,
agapantos, lugares retirados,

donde canta el calor con sus chicharras
o la lluvia en los techos de pizarras.

No sabremos que existe Egipto, el Nilo,
ni leeremos las páginas de Esquilo.

No veremos en ciertos ojos almas
que besan a la nuestra en nuestras palmas.

En el itinerario de los días,
a veces víctimas de brujerías,

no omitiremos lo que más amamos
para incluir luego lo que detestamos.

No existirá el lustral Mediterráneo,
ni las plantas, ni el sol contemporáneo.

No habrá calles con nombres previsibles,
ni metales ni piedras más sensibles.

No estará el mismo río sobre el barro,
las quemas de basuras ni ese carro,

con perros que en las noches del suburbio.
se pierden junto a un niño cruel y rubio.

No habrá reinas de Egipto, ni monedas
que conservan sus caras, ni habrá sedas.

Si hoy existimos, para no morirnos
mañana lograremos no eximirnos

del universo al inventar un mundo
para vivir de nuevo. Vagabundo

como nosotros nuestro pensamiento
recordará quizás un alimento,

un dolor, un estigma, una pasión,
un rostro pálido, la comunión,

y por ejemplo dentro de algún verso
de San Juan de la Cruz un ciervo, un cierzo,

para otra vez incluirnos en la historia.
¿Será como una jaula la memoria?

El Sésamo Ábrete de recordar,
de nuevo nos pondrá en nuestro lugar

o en lugares distintos como ciegos
que no se reconocen, como en juegos.

Para seguir leyendo:

El vespertillo de las Parcas (1997, Tusquets) de Arturo Carrera. Esta obra fue inspirada por el hallazgo de huellas de niños y mujeres a orillas de la laguna de Monte Hermoso. Una reseña de este libro en:

PÁEZ, Roxana Haydée. Arturo Carrera, El vespertillo de las parcas. Buenos Aires, Tusquets Editores, 1997, 172 páginas. Orbis Tertius, [S.l.], v. 2, n. 5, apr. 1997. ISSN 1851-7811. Disponible en: <http://www.orbistertius.unlp.edu.ar/article/view/OTv02n05r01/3995>.

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