Odiseo y la fuerza de voluntad

Por Marina Menéndez

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La metáfora de la fuerza de voluntad

La literatura tiene la magia de permitirnos diversas lecturas, múltiples enfoques. El programa de cuarto año de secundaria superior incluye la lectura de la Odisea, una historia de aventuras y entereza ante las adversidades.  Esta obra clásica se puede abordar desde diversas perspectivas, concentrándonos en uno o varios de los muchos temas que plantea.

Este año elegí el tema de la fuerza de voluntad. Odiseo (o Ulises) es un héroe astuto, ingenioso y con una tenaz fuerza de voluntad para enfrentar los obstáculos que le presenta el destino. Muchos de los problemas que afronta son ocasionados por la insensatez y falta de autocontrol de sus compañeros. Por ejemplo, cuando a pesar de la advertencia de Odiseo, deciden matar a las vacas sagradas del Sol (Canto XII).

El concepto de “fuerza de voluntad” está basado en la metáfora de “fuerza”, como si la voluntad fuera un músculo. Usamos está metáfora a diario: para referirnos a alguien con poca fuerza de voluntad, decimos que es “débil“, hablamos de “esforzarnos“, de “no bajar los brazos“, de “mantenerse en pie“, de “soportar los golpes de la vida”, de “hacer frente a las dificultades”, de “resistir” (como cuando hacemos fuerza para que no se nos caiga algo pesado de la mano o para no retroceder cuando algo nos empuja), de “controlarnos” (el deseo de obtener algo inmediato y placentero es una fuerza  que resistimos). Así como para tener fuerza física debemos ejercitar los músculos, para desarrollar nuestra fuerza de voluntad debemos ejercitar nuestro control sobre los impulsos que nos tientan a obtener una satisfacción efímera a costa de graves consecuencias.

Los fuertes lazos de Odiseo

Dice Odiseo en el canto X: “medité en mi irreprochable espíritu si debía tirarme del bajel y morir en el ponto, o sufrirlo todo en silencio y permanecer entre los vivos”. Y ya sabemos lo que decidió nuestro héroe. Su fuerza de voluntad fue más fuerte que las adversidades. Más tarde, Odiseo resiste la tentación de acostarse con Circe hasta lograr que ella le haga un juramento. En el mismo canto, Elpénor, el más joven de los compañeros, no supo medir las consecuencias de beber tanto vino, fue débil ante ese placer, y murió al quebrase el cuello en una caída.

El ejemplo más famoso de la fuerza de voluntad de Odiseo quizás sea el de las Sirenas (canto XII), esos personajes mitológicos que seducen a los hombres con su canto para luego matarlos y devorarlos. Circe le advierte que las Sirenas:

[a los hombres] hechizan las Sirenas con su canto, sentadas en una pradera y teniendo a su alrededor enorme montón de huesos de hombres putrefactos cuya piel se va consumiendo.

Odiseo se ata a un mástil con fuertes lazos para poder resistir la tentación del canto de las Sirenas:

Atádme con fuertes lazos, de pie y arrimado a la parte inferior del mástil, para que me esté allí sin moverme, y las cuerdas líguense a él. Y en el caso de que os ruegue que me soltéis, atadme con más fuerza todavía.

imagen de Herbert James Draper. Ulysses and the Sirens (1909)

Herbert James Draper. Ulysses and the Sirens (1909) Herbert James Draper [Public domain], via Wikimedia Commons

Racionalidad, libertad y responsabilidad

La falta de fuerza de voluntad para resistir tentaciones está presente en muchos textos, recordemos a Pandora abriendo la caja con los males de la humanidad, a Eurídice que no resiste mirar hacia atrás, a Adan y Eva comiendo la manzana, a Caperucita Roja tomando el camino del bosque, a la cigarra cantando y descansando mientras la hormiga trabajaba, a San Agustín rogándole a Dios “Hazme casto pero no todavía”…

El psicólogo Walter Mischel realizó un experimento (conocido como The Marshmallow Test, se puede ver en Youtube como ‘la prueba del malvavisco´) en la década del sesenta. Le ofreció a niños de cuatro años dos opciones: comer una golosina en ese momento o esperar quince minutos y comerse dos. ¿Qué decidieron los niños? Solo el 30% de los niños resistió la tentación de comer la golosina para poder comer dos después de quince minutos. ¿Qué demuestra esto? No mucho: que no nacemos preparados para tomar las decisiones que más nos convienen si eso implica autocontrolar un impulso, el deseo de la satisfacción inmediata. Pero décadas más tarde, el psicólogo entrevistó a esos niños y descubrió que aquellos que habían logrado controlarse y esperar se habían convertido en adultos con más autoestima que los impulsivos, eran menos propensos al abuso de drogas, tenían mejor rendimiento escolar, eran más capaces de manejar el estrés y mantenían mejores relaciones sociales y emocionales. Sin dudas, a veces decir no a los caprichos de un niño tiene insospechados beneficios a largo plazo. Les recomiendo leer “Educar en el autocontrol“, por Belén Prieto.

Como seres racionales, los humanos tenemos la capacidad de tomar decisiones. Esto es, tenemos la capacidad de evaluar diversas posibilidades de acción y tenemos la libertad de elegir cuál nos conviene más. Aquí entran en juego la libertad de elección (y de acción), la racionalidad y la responsabilidad sobre las consecuencias de nuestras elecciones. Otro tema para reflexionar, ¿no?

Contenidos transversales:

El tema del autocontrol en la literatura también puede abordarse desde la psicología (por ejemplo, con Freud y sus conceptos de yo, superyó y ello), la filosofía, las ciencias sociales, la economía y hasta la biología. ¿La biología? Sí, los mecanismos de satisfacción están regulados por nuestras hormonas, especialmente el neurotransmisor dopamina cuya actividad aumenta con el sexo, las drogas y el chocolate. Si no me creen, lean “El amor en términos biológicos“.

Intertextualidad:

La sirena inconforme, por Augusto Monterroso

Usó todas sus voces, todos sus registros; en cierta forma se extralimitó; quedó afónica quién sabe por cuánto tiempo.

Las otras pronto se dieron cuenta de que era poco lo que podían hacer, de que el aburridor y astuto Ulises había empleado una vez más su ingenio, y con cierto alivio se resignaron a dejarlo pasar.

Ésta no; ésta luchó hasta el fin, incluso después de que aquel hombre tan amado y deseado desapareció definitivamente.

Pero el tiempo es terco y pasa y todo vuelve.

Al regreso del héroe, cuando sus compañeras, aleccionadas por la experiencia, ni siquiera tratan de repetir sus vanas insinuaciones, sumisa, con la voz apagada, y persuadida de la inutilidad de su intento, sigue cantando.

Por su parte, más seguro de sí mismo, como quien había viajado tanto, esta vez Ulises se detuvo, desembarcó, le estrechó la mano, escuchó el canto solitario durante un tiempo según él más o menos discreto, y cuando lo consideró oportuno la poseyó ingeniosamente; poco después, de acuerdo con su costumbre, huyó.

De esta unión nació el fabuloso Hygrós, o sea “el Húmedo” en nuestro seco español, posteriormente proclamado patrón de las vírgenes solitarias, las pálidas prostitutas que las compañías navieras contratan para entretener a los pasajeros tímidos que en las noches deambulan por las cubiertas de sus vastos trasatlánticos, los pobres, los ricos, y otras causas perdidas.

Lecturas recomendadas:

Elster, J. (1989) Ulises y las Sirenas. Estudios sobre la racionalidad y la irracionalidad. México: FCE.

Elster, J. (2002) Ulises desatado. Estudios sobre racionalidad, precompromiso y restricciones. Barcelona: Gedisa.

Horkheimer, M. y Adorno, T. (1994) “Concepto de Ilustración”, en Dialéctica de la Ilustración. Madrid: editorial Trotta.

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