Kafka precursor: la enunciación como proceso vacío


 

Por Marina Menéndez

Ante la pregunta sobre quién habla en un texto literario, Roland Barthes declara: “Jamás será posible averiguarlo, por la sencilla razón de que la escritura es la destrucción de toda voz, de todo origen. La escritura es ese lugar neutro, compuesto, oblicuo, al que va a parar nuestro sujeto, el blanco-y-negro en donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe”[1]. Barthes sostiene que quien habla en un texto es el propio lenguaje, de ahí que el “yo” que habla se construye dentro de los márgenes del discurso, sin remitir a un yo externo al texto.

Este corte del cordón umbilical entre la escritura y la voz del autor elimina la referencialidad y la figura del autor de la crítica literaria y da primacía al lector.  La figura del autor ya no es el origen de la escritura; su vida, su intencionalidad, el sentido que haya querido asignar al texto se desvanecen. En consecuencia, la lectura ya no es una búsqueda por develar el sentido único y a priori del texto, o —dicho en términos barthesianos— descifrar un sentido teológico que la crítica literaria se encargaba de buscar en la figura del autor. Para Barthes, la escritura se agota en el lenguaje, es inútil tratar de descifrar un sentido único y cerrado que se esconde en la intencionalidad del autor y en su propia figura y, por tanto, es el lector quien construye los sentidos de un texto. A nuestro entender, esto no impide que las interpretaciones elaboradas por los lectores encuentren —con posterioridad a la lectura del texto literario— sostén en textos no literarios del autor; en este caso la lectura no estuvo amordazada, condicionada a priori por datos biográficos o contextuales.

El cuento “Un sueño” desarrolla una trama onírica en la que el personaje sale a pasear en “un hermoso día” y se desliza “como por un torrente” por uno de los senderos que lo llevan hasta una tumba. Percibimos aquí la mutación no solo del espacio físico, desde la apacible caminata por un espacio abierto hacia la opresión del espacio fúnebre, sino también el gradual cambio de ánimo en el protagonista, que pasará desde la “vivacidad” del principio a la perplejidad y luego al desconsuelo del llanto. Sobre la lápida un artista escribe “Aquí yace” con letras doradas, claras y hermosas, pero encuentra dificultad para continuar escribiendo el nombre del difunto porque la perplejidad y desolación ganan al protagonista ante la imagen de su propia muerte. La crítica literaria biografista ha leído en la inicial del apellido de los protagonistas de este cuento, de El proceso y El castillo una referencia autobiográfica y ha interpretado a estos personajes como alter egos del autor. También se ha propuesto —como diría Barthes, desde la crítica en la que impera la persona del Autor— que en “Un sueño” el artista que escribe en la lápida es el Doppelgänger del protagonista. Esa lectura pretende llenar el vacío del sujeto de la enunciación (el autor textual) con datos de la persona Kafka. Nuestra lectura, prescindiendo de las interpretaciones biografista tan cristalizadas en la enseñanza de la literatura[2], propone interpretar el relato como alegoría de la muerte del autor: el acto mismo de la escritura (en el cuento, la escritura de la lápida) constituye la desaparición del autor (en el cuento, del personaje que llega hasta la tumba). En este sentido, el cuento textualizaría la desaparición de la figura del autor en el acto de la escritura. Se podría interpretar la inscripción del nombre del autor/personaje en la lápida como el equivalente de la firma del autor de un texto literario: un nombre que no refiere sino a algo que no existe, que desaparece en el acto mismo de la escritura. De modo similar, podríamos leer el hueco de la tumba como el vacío en el que se pierde la subjetividad del autor.

Podría argumentarse que el título de este trabajo debería reformularse, ya que decir que anticipándose al giro lingüístico, “Un sueño” de Franz Kafka ya presenta la enunciación como un proceso vacío esconde la presuposición de que la lectura va a develar la intencionalidad del autor y, a su vez, opera una interpretación anacrónica (aunque válida) que ve en la intencionalidad del autor la anticipación de un cambio de paradigma que, aunque tiene antecedentes en la primera mitad del siglo pasado, se consolida hacia 1960 cuando Gustav Bergman acuña la expresión giro lingüístico para dar cuenta de esa nueva corriente que niega la referencialidad de la escritura y postula que el lenguaje no representa la realidad sino que la construye. Sin embargo, el título da cuenta de un proceso en el que, tras haber elaborado una interpretación del cuento “Un sueño” como alegoría del proceso vacío de la enunciación que proponen los teóricos del llamado giro lingüístico, descubrimos que en Diarios y en Cartas a Felice—cuyo análisis excede el objetivo de este trabajo— Kafka aborda el tema de la muerte del autor, del vacío y desaparición del “yo” en la escritura. Las ideas que en los diarios y cartas son meras reflexiones, inquietudes, podría leerse como un pensamiento que anticipa uno de los postulados clave del giro lingüístico: la enunciación como un proceso vacío.

 

[1] Barthes, R. (1994) “La muerte del autor” en El susurro del lenguaje. Más allá de la palabra y la escritura, Barcelona, Paidós, pp. 65-71.

[2] Incluso se podría arriesgar como estrategia didáctica la eliminación del nombre del autor, la firma, del texto a fin de evitar que saberes previos sobre la figura del autor o información del contexto de producción se inmiscuyan o condicionen la construcción de sentidos.

 

Palabras clave: autor, narrador, enunciación, giro lingüístico, postestructuralismo, referencialidad

Este trabajo fue presentado como parte de las actividades del seminario Didáctica de la teoría literaria, del postítulo Especialización en Literatura y Escritura (Ministerio de Educación y Deportes de la Nación Argentina), 2016.  

 

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Desayuno, de Cortázar


“Desayuno”, de Julio Cortázar, en Último round

Lo primero que hago al despertarme es correr al cuarto de mamá y darle los buenos días mientras la beso tiernamente en ambas mejillas.

—Buenos días, hermanito ―le digo.

—Buenos días, doctor ―me contesta mientras se peina.

Quizá convenga señalar desde ahora que tengo siete años y medio y que estudio solfeo cantado con mi tía Berta.

—Buenos días, sobrina ―digo al entrar en la pieza donde papá empolla sus reumatismos.

—Buenos días, mi querida ―dice papá.

Agrego, con fines de información, que soy un varoncito pelirrojo y sumamente desenvuelto. Después de sus abluciones, la familia se reúne en torno al pan con manteca y al Figaro, y siempre soy el primero en dar los buenos días a mi hermano mayor que prepara ya su buena tajada de pan con dulce.

—Buenos días, mamá ―le digo.

—Buenos días, Medor ―me dice.

—¡Cucha! ―agrega con energía.

En esa manera la familia se va reuniendo para saborear el café con leche preparado por mi abuelito con su esmero habitual. Precisamente por eso no me olvido jamás de mostrarle mi agradecimiento en estas circunstancias.

—Muchas gracias, Olivia ―le digo.

—Oh, de nada, hermana ―contesta mi abuelito.

Estas tiernas efusiones son siempre malogradas por la intempestiva llegada del cartero con el telegrama del tío Gustavo, cultivador en Tananarive, y a mi hermano mayor le toca encargarse de la penosa lectura.

CAÑA AZÚCAR ARRUINADA TIFÓN MÓNICA STOP ¿QUÉ VA A SER DE MÍ? STOP MIERDA STOP

El telegrama no está firmado, los de la familia nos conocemos bien.

—Era de imaginarse –dice mamá, que se ha puesto a lloriquear.

—Con ese pésimo carácter que tiene ―observa el doctor.

—Chicos, cállense la boca –dice mi hermano mayor.

—Somos chicos, pero lo mismo el tío Gustavo es un pajarón ―dice mi hermana.

—¡Medor, cucha! ―ordena mamá.

—¿Puedo dar mi opinión? –dice Olivia.

—Pero por supuesto, abuelito –dice mi hermana.

—¿Te vas a callar sí o no? ―grita mi hermano mayor.

—¿Es así como se le habla a su madre? ―dice mi sobrina.

—Perdón, mamá ―dice mamá.

—Hipócrita –digo yo.

—Por favor, doctor –dice mi hermano.

—Mi opinión ―dice Olivia— es que el café se va a enfriar por culpa del telegrama.

—Tiene razón –dice Medor.

—Gracias, abuelito ―dice mi sobrina.

—De nada, Víctor ―dice Olivia.

Intertextualidades de Castillo, Borges y Cortázar


Ese diálogo y tráfico de influencias que llamamos intertextualidad (de la que ya hemos hablado aquí, allá, más allá y en otras entradas) está presente en un cuento del genial Abelardo Castillo: “Historia para un tal Gaido”.

CastilloEste cuento recrea la temática borgeana del malevo, el coraje y la venganza, tal como aparecen en “Hombre de la esquina rosada” y  “El fin” de Borges. Pero la estructura del cuento y ese deslizamiento desde lo verosímil hacia lo fantástico lleva la impronta de Cortázar: el final de “Historia para un tal Gaido” nos remite a “Continuidad de los parques”.

El estudio escrito por Aníbal Jarkowski para El candelabro de plata y otros cuentos, de Abelardo Castillo, editado por Alfaguara, nos dice:

“Historia para un tal Gaido” es una irónica reescritura de aquellos cuentos que Borges dedicó a la veneración de un mítico coraje que guapos, malevos y compadres ejercieron en las, también míticas, orillas de Buenos Aires. […] Como resulta más o menos evidente, pero también inesperado, el final del relato se aparta de la solución borgeana […] y opta, en cambio, por el deslizamiento de la ficción sobre la realidad que Cortázar practicó en cuentos notables como “Continuidad de los parques” o “Instrucciones para John Howell”.

Recuros digitales:

“Julio Cortázar”, por A. Castillo, en Ser escritor, Buenos Aires, Ed. Perfil, 1997. Leer en este enlace.

Leer el cuento “Continuidad de los parques” de Julio Cortázar en esta entrada.

Leer “Historia para un tal Gaido” en este enlac.
Pueden leer el cuento “El candelabro de plata” de Castillo en este enlace.

En este enlace, pueden descargar gratis la Guía de lectura de El candelabro de plata y otros cuentos, de Abelardo castillo, editado por Alfaguara.

“La intensidad”, por Guillermo Saccomanno. Reseña publicada en Radar, Página/12, 2006.

“Vale decir”, entrevista a Abelardo Castillo, Radar, Página/12, 2011.

Entrevita a Abelardo Castillo, en Clarín, 30 de noviembre de 2014

Entrevista a Abelardo Castillo, en La Nación, 30 de mayo de 2014

Una amistad de literatura fantástica“, por Diego Erlan, en Revista Ñ, Clarín, 10 de febrero de 2014. [sobre la amistad entre Castillo y Cortázar]

Julio Cortázar 1914-2014, Cien años, mil motivos para leerlo. Alfaguara. Descargar aquí.

Cuentos de Horacio Quiroga


Hay cuentos de Horacio Quiroga que tienen el poder de resistir el olvido. ¿Quién no recuerda este comienzo?

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia.

¿o este final?

Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.

Aquí les dejo dos libros del escritor nacido en Uruguay para descargar

Quiroga-Cuentos de amor de locura y de muerte

Quiroga-Cuentos de la selva

Cuentos de fútbol


Literatura y fútbol: pasión de multitudes

El fútbol es tema de varios textos literarios. Aquí una lista de algunos de ellos: pelota futbol

  • Once cuentos de fútbol, de Camilo José Cela
  • El fútbol a sol y sombra, de Eduardo Galeano
  • Puro fútbol, de Roberto Fontanarrosa. El cuento “La barrera” se puede leer online.
  • Arqueros, ilusionistas y goleadores,  de Osvaldo Soriano, 2010. “El penal más largo del mundo” es uno de sus mejores cuentos.
  • Puntero izquierdo” de Mario Benedetti
  • “El hombre que murió dos veces”, de Juan Villoro [sobre el arquero Moacyr Barbosa]
  • “El hincha”, de Mempo Giardinelli
  • “Apuntes del fútbol en Flores”, de Alejandro Dolina

 

Las mujeres también han dejado su impronta en la literatura del fútbol. “La música de los domingos” de Liliana Heker. “Milagro en Parque Chas” de Inés Fernández Moreno  y “El mundo es de los inocentes” de Luisa Valenzuela nos muestran la percepción femenina

 

Antologías de cuentos de fútbol:

Cuentos de fútbol, 2006. ed. Mondadori

Cuentos de fútbol argentino, 2003, selección y prólogo de Roberto Fontanarrosa, editorial Alfaguara

Reglas de juego. Cuentos latinoamericanos de fútbol, 2007, Monte Ávila editores.

Y el fútbol contó un cuento, 2007, selección y prólogo de Alejandro Apo, editorial Alfaguara. Pueden leer las primeras páginas del libro haciendo click aquí.

De puntín. Cuentos de fútbol, 2003,  Ediciones Al Arco

 

 

El libro 1605, de Manuel Mujica Láinez


 

Este cuento de Mujica Láinez toma como referencia  El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Una linda lectura para trabajar la intertextualidad con la novela de Cervantes.

 

«El libro 1605», de Manuel Mujica Láinez, en Misteriosa Buenos Aires

-¡Un par de pantuflos de terciopelo negro!
El pulpero los alza, como dos grandes escarabajos, para que el sol destaque su lujo.
Bajo el alero, los cuatro jugadores miran hacia él. Queda el escribano con el naipe en alto y exclama:
-Si gano, los compraré.
Y la hija del pulpero, con su voz melindrosa:
-Son dignos del pie del señor escribano.
Éste le guiña un ojo y el juego continúa, porque el flamenco que hace las veces de banquero les llama al orden.
– ¡Doce varas de tela de Holanda! ¡Dos sobrecamas guarnecidas, con sus flocaduras!
A la sombra del parral, Lope asienta lo que le dictan, dibujando la bella letra redonda.
Están en el patio de tierra apisonada. A un lado, en torno de una mesa que resguarda el alerillo, cuatro hombres -el molinero flamenco, el escribano, un dominico y un soldado- prueban la suerte al lansquenete, el juego inventado en Alemania en tiempos de Carlos V o antes aun, cuando reinaba su abuelo Maximiliano de Habsburgo, el juego que las tropas llevaron de un extremo al otro de los dominios imperiales. Más acá, cerca de la parra, la hija del pulpero se ha ubicado en una silla de respaldo, entre dos tinajones. Es una muchacha que sería bonita si suprimiera la capa de bermellón y de albayalde con los cuales pretende realzar su encanto. Entre tanta pintura ordinaria, brillan sus ojos húmedos. Viste una falda amplísima, un verdugado, cuyos pliegues alisa con las uñas de ribete
negro. Sobre el pecho, bajo la gorguera, tiemblan los vidrios de colores de una joya falsa. Su padre, arremangado, sudoroso, trajina en mitad del patio. Un negro le ayuda a desclavar las barricas y las cajas, de donde va sacando las mercaderías que sigilosamente desembarcaron la noche anterior. Son fardos de contrabando venidos de Porto Bello, en el otro extremo de América. Se los envió Pedro González Refolio, un sevillano. Buenos Aires contrabandea del gobernador abajo, pues es la única forma de que subsista el comercio, así que el tendero apenas recata el tono cuando dicta:
– ¡Arcabuces! ¡Siete arcabuces!
El soldado gira hacia él. Se le escapan los ojos tras las armas de mecha y las horquillas. Protesta el banquero:
– ¡A jugar, señores!
Y baraja los naipes cuyo as de oros se envanece con el escudo de Castilla y de León y el águila bicéfala.
– ¡Una alfombra fina, de tres ruedas! ¡Cuatro sábanas de Ruán!
Lope sigue apuntando en su cuaderno. Ni el pulpero ni su hija saben escribir, de modo que el mocito tiene a su cargo la tarea de cuentas y copias. Se hastía terriblemente. La muchacha lo advierte; abandona por un momento el empaque y, con mil artificios de coquetería, se acerca a él. Le sirve un vaso de vino:
-Para el escritor.
El escritor suspira y lo bebe de un golpe. ¡Escritor! Eso quisiera ser él y no un escribiente miserable. La niña le come con los ojos. Se inclina para recoger el vaso y murmura:
-¿Vendrás esta noche?
El adolescente no tiene tiempo de responder, pues ya está diciendo el pulpero:
-Aquí terminamos. Una… dos… tres… cinco varas de raso blanco para casullas…
Las ha desplegado mientras las medía y ahora emerge, más transpirado y feo que nunca, entre tanta frágil pureza que desborda sobre las barricas.
-Y esto, ¿qué es?
Levanta en la diestra un libro que se escondía en lo hondo de la caja. Azárase el mercader:
-¿Cómo diablos se metió esto entre los géneros?
Lo abre torpemente y como las letras nada le transmiten, lo lanza por los aires, hacia los jugadores. El escribano lo caza al vuelo. Conserva los naipes en una mano y con la otra
lo hojea.
-Es una obra publicada este año. Miren sus mercedes: Madrid, 1605.
Se impacienta el banquero, a quien acosan los mosquitos:
-¿Qué se hace aquí? ¿Se lee o se juega?
Por su izquierda, hace cortar al dominico la baraja.
El fraile toma a su vez el libro (no es mucho lo que contiene: algo más de trescientas páginas), y declara, doctoral:
-Acaso sea un peligroso viajero y convenga someterlo al Santo Oficio.
-Nada de eso -arguye el dueño de la pulpería-. Luego se meterían en averiguaciones de cómo llegó a mis manos.
Y el soldado: -No puede ser cosa mala, pues está dedicado al Duque de Béjar.
El escribano se limpia los anteojos y resopla:
-Para mí no hay más duque que el Duque de Lerma.
Allí se echan todos a discutir. Bastó que se nombrara al favorito para que la tranquilidad del patio se rompiera como si en él hubieran entrado cien avispas. Por instantes el tono desciende y los personajes atisban alrededor. Es que el pulpero, irritado, ha dicho que el señor Felipe III es el esclavo del duque y que ese hombre altivo gobierna España a su antojo. Sobre las voces distintas, crece la del molinero:
-¿Jugamos? ¿Jugamos, pues?
La niña palmotea desde su silla dura y aprovecha la confusión para dirigir a Lope miradas de incendio.
– ¡Haya paz, caballeros! -ruega el dominico-. He estado recorriendo el comienzo de este libro y no me parece que merezca tanta alharaca. Es un libro de burlas.
Menea la cabeza el escribano:
-¿Adónde iremos a parar con las sandeces que agora se estampan? Déme su merced algo como aquellos libros que leíamos de muchachos y nos deleitaban. Las Sergas de Esplandián…
-Lisuarte de Grecia…
-Palmerín de Oliva…
Los jugadores han quedado en silencio, pues la evocación repentina les ha devuelto a su juventud y a las novelas que les hacían soñar en la España remota, en la quietud de los caseríos distantes, de los aposentos provincianos donde, a la luz de la lumbre, los guerreros fantásticos se aparecían, con
una dama en la grupa del caballo, pronunciando maravillosos discursos en el estruendo de las armas de oro.
Sólo el molinero de Flandes, que nunca ha leído nada, insiste con su protesta:
-Si no se juega, me voy. Sosiéganse los demás.
-Mejor será que lo demos a Lope -resume el escribano-. A nosotros ya nada nuevo nos puede atraer, pues hemos sido educados en el oficio de las buenas letras. Señores, se pierde la raza. Empieza la época de la estupidez y de la blandura.
¡Ay, don Duardos de Bretaña, don Clarisel, don Usuarte!
El pulpero suelta una carcajada gorda y alinea los arcabuces bajo la parra.
-¡Otra vuelta de vino de Guadalcanal! Y el libro, casi desencuadernado por los tirones, aletea una vez más por el aire, hacia el muchacho meditabundo que afila su pluma.
Ahora la casa duerme, negra de sombras, blanca de estrellas infinitas. La muchacha, cansada de aguardar a su desganado amante, cruza el patio de puntillas, hacia su habitación. Espía por la puerta y le ve, echado de bruces en el lecho. A la claridad de un velón, está leyendo el libro, el maldito libro de tapas color de manteca. Ríe, ensimismado, a mil leguas de Buenos Aires, del tendero, del olor a frutas y ajos que inunda la casa.
No lo puede tolerar el orgullo de la hija del pulpero. Entra y le recrimina por lo bajo, con bisbiseo afanoso, de miedo de que su padre la oiga:
-¡Mala entraña! ¿Por qué no has venido?
Lope quiere replicarle, pero tampoco se atreve a levantar la voz. Sucédese así un diálogo ahogado, entre la niña cuyos rubores pugnan por aparecer bajo la máscara de bermellón, y el mocito que se defiende con el volumen, como si espantara moscas.
Por fin, ella le quita el libro, con tal fiereza que deja en sus manos las tapas de pergamino. Y huye con él apretado contra el seno, rabiosa, hacia su cuarto.
Allí, frente al espejo, la presencia familiar de las alhajas groseras, de los botes de ungüento y de los peines de asta y de concha, la serena un poco, aunque no aplaca la fiebre de su desengaño. Comienza a peinarse el cabello rubio. El libro permanece abandonado entre las vasijas. Habla sola,
haciendo muecas, apreciando la gracia de sus hoyuelos, de su perfil. Le enrostra al amante ausente su indiferencia, su desamor. Sus ojos verdes, que enturbian las lágrimas, se posan sobre el libro abandonado, y su cólera renace. Voltea las páginas, nerviosa. Al principio hay algunas en que las
líneas no cubren el total del folio. Ignora que son versos. Quisiera saber qué dicen, qué encierran esas misteriosas letras enemigas, tan atrayentes que su seducción pudo más que los encantos de los cuales sólo goza el espejo impasible.
Entonces, con deliberada lentitud, rasga las hojas al azar, las retuerce, las enrosca en tirabuzón y las anuda en susrizos dorados. Se acuesta, transformada su cabellera en la deuna medusa caricaturesca, entre cuyos bucles absurdos asoman, aquí y allá, los arrancados fragmentos de Don Quijote de la Mancha. Y llora.

 

Para descargar el cuento en pdf, hagan click acá.

Marionetas S.A, Bradbury


Para introducirnos en la literatura de ficción científica ( o “ciencia-ficción”, que es una mala traducción del inglés science-fiction), un cuento de Ray Bradbury.

Pueden descargar el cuento en pdf haciendo clic acá Bradbury-Marionetas SA.

 

Marionetas S.A.”, de Ray Bradbury

En El hombre ilustrado (1950)

Traducción al español de Francico Abelenda

 

Caminaban lentamente por la calle, a eso de las diez de la noche, hablando con

tranquilidad. No tenían más de treinta y cinco años. Estaban muy serios.

-Pero ¿por qué tan temprano? -dijo Smith.

-Porque sí -dijo Braling.

-Tu primera salida en todos estos años y te vuelves a casa a las diez.

-Nervios, supongo.

-Me pregunto cómo te las habrás ingeniado. Durante diez años he tratado de sacarte a beber una copa. Y hoy, la primera noche, quieres volver en seguida.

-No tengo que abusar de mi suerte -dijo Braling.

-Pero, ¿qué has hecho? ¿Le has dado un somnífero a tu mujer?

-No. Eso sería inmoral. Ya verás.

Doblaron la esquina.

-De veras, Braling, odio tener que decírtelo, pero has tenido mucha paciencia con ella.

Tu matrimonio ha sido terrible.

-Yo no diría eso.

-Nadie ignora cómo consiguió casarse contigo. Allá, en 1979, cuando ibas a salir para Río.

-Querido Río. Tantos proyectos y nunca llegué a ir.

-Y cómo ella se desgarró la ropa, y se desordenó el cabello, y te amenazó con llamar a la policía si no te casabas con ella.

-Siempre fue un poco nerviosa, Smith, entiéndelo.

-Había algo más. Tú no la querías. Se lo dijiste, ¿no es así?

-En eso siempre fui muy firme.

-Pero sin embargo te casaste.

-Tenía que pensar en mi empleo, y también en mi madre, y en mi padre. Una cosa así hubiese terminado con ellos.

-Y han pasado diez años.

-Sí -dijo Braling, mirándolo serenamente con sus ojos grises-. Pero creo que todo va a cambiar. Mira.

Braling sacó un largo billete azul.

-¡Cómo! ¡Un billete para Río! ¡El cohete del jueves!

-Sí, al fin voy a hacer mi viaje.

-¡Es maravilloso! Te lo mereces de veras. Pero, ¿y tu mujer, no se opondrá? ¿No te hará una escena?

Braling sonrió nerviosamente.

-No sabe que me voy. Volveré de Río de Janeiro dentro de un mes y nadie habrá

notado mi ausencia, excepto tú.

Smith suspiró.

-Me gustaría ir contigo.

-Pobre Smith, tu matrimonio no ha sido precisamente un lecho de rosas, ¿eh?

-No, exactamente. Casado con una mujer que todo lo exagera. Es decir, después de

diez años de matrimonio, ya no esperas que tu mujer se te siente en las rodillas dos horas todas las noches; ni que te llame al trabajo doce veces al día, ni que te hable en media lengua. Y parece como si en este último mes se hubiese puesto todavía peor. Me pregunto si no será una simple.

-Ah, Smith, siempre el mismo conservador. Bueno, llegamos a mi casa. ¿Quieres

conocer mi secreto? ¿Cómo pude salir esta noche?

-Me gustaría saberlo.

-Mira allá arriba -dijo Braling.

Los dos hombres se quedaron mirando el aire oscuro.

En una ventana del segundo piso apareció una sombra. Un hombre de treinta y cinco años, de sienes canosas, ojos tristes y grises y bigote minúsculo se asomó y miró hacia abajo.

-Pero, cómo, ¡eres tú! -gritó Smith.

-¡Chist! ¡No tan alto!

Braling agitó una mano.

El hombre respondió con un ademán y desapareció.

-Me he vuelto loco -dijo Smith.

-Espera un momento.

Los hombres esperaron.

Se abrió la puerta de calle y el alto caballero de los finos bigotes y los ojos tristes salió cortésmente a recibirlos.

-Hola, Braling -dijo.

-Hola, Braling Dos-dijo Braling.

Eran idénticos.

Smith abría los ojos.

-¿Es tu hermano gemelo? No sabía que…

-No, no -dijo Braling serenamente-. Inclínate. Pon el oído en el pecho de Braling Dos.

Smith titubeó un instante y al fin se inclinó y apoyó la cabeza en las impasibles

costillas.

Tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic.

-¡Oh, no! ¡No puede ser!

-Es.

-Déjame escuchar de nuevo.

Tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic.

Smith dio un paso atrás y parpadeó, asombrado. Extendió una mano y tocó los brazos tibios y las mejillas del muñeco.

-¿Dónde lo conseguiste?

-¿No está bien hecho?

-Es increíble. ¿Dónde?

-Dale al señor tu tarjeta, Braling Dos.

Braling Dos movió los dedos como un prestidigitador y sacó una tarjeta blanca.

“MARIONETAS, SOCIEDAD ANÓNIMA

Nuevos Modelos de Humanoides Elásticos.

De funcionamiento garantizado.

Desde 7.600 a 15.000 dólares.

Todo de litio.”

-No -dijo Smith.

-Sí -dijo Braling.

-Claro que sí -dijo Braling Dos.

-¿Desde cuándo lo tienes?

-Desde hace un mes. Lo guardo en el sótano, en el cajón de las herramientas. Mi mujer nunca baja, y sólo yo tengo la llave del cajón. Esta noche dije que salía a comprar unos cigarros. Bajé al sótano, saqué a Braling Dos de su encierro, y lo mandé arriba, para que acompañara a mi mujer, mientras yo iba a verte, Smith.

-¡Maravilloso! ¡Hasta huele como tú! ¡Perfume de Bond Street y tabaco Melachrinos!

-Quizás me preocupe por minucias, pero creo que me comporto correctamente. Al fin y al cabo mi mujer me necesita a mí. Y esta marioneta es igual a mí, hasta el último detalle.

He estado en casa toda la noche. Estaré en casa con ella todo el mes próximo. Mientras tanto otro caballero paseará al fin por Río. Diez años esperando ese viaje. Y cuando yo vuelva de Río, Braling Dos volverá a su cajón.

Smith reflexionó un minuto o dos.

-¿Y seguirá marchando solo durante todo ese mes? -preguntó al fin.

-Y durante seis meses, si fuese necesario. Puede hacer cualquier cosa -comer, dormir, transpirar cualquier cosa, y de un modo totalmente natural. Cuidarás muy bien a mi mujer,

¿no es cierto, Braling Dos?

-Su mujer es encantadora -dijo Braling Dos-. Estoy tomándole cariño.

Smith se estremeció.

-¿Y desde cuándo funciona Marionetas, S. A.?

-Secretamente, desde hace dos años.

-Podría yo… quiero decir, sería posible… -Smith tomó a su amigo por el codo-. ¿Me

dirías dónde puedo conseguir un robot, una marioneta, para mí? Me darás la dirección, ¿no es cierto?

-Aquí la tienes.

Smith tomó la tarjeta y la hizo girar entre los dedos.

-Gracias -dijo-. No sabes lo que esto significa. Un pequeño respiro. Una noche, una vez al mes… Mi mujer me quiere tanto que no me deja salir ni una hora. Yo también la quiero mucho, pero recuerda el viejo poema: «El amor volará si lo dejas; el amor volará si lo atas.» Sólo deseo que ella afloje un poco su abrazo.

-Tienes suerte, después de todo. Tu mujer te quiere. La mía me odia. No es tan

sencillo.

-Oh, Nettie me quiere locamente. Mi tarea consistirá en que me quiera cómodamente.

-Buena suerte, Smith. No dejes de venir mientras estoy en Río. Mi mujer se extrañará si desaparecieras de pronto. Tienes que tratar a Braling Dos, aquí presente, lo mismo que a mí.

-Tienes razón. Adiós. Y gracias.

Smith se fue, sonriendo, calle abajo. Braling y Braling Dos se encaminaron hacia la

casa.

Ya en el ómnibus, Smith examinó la tarjeta silbando suavemente.

“Se ruega al señor cliente que no hable de su compra. Aunque ha sido presentado al

Congreso un proyecto para legalizar Marionetas, S. A., la ley pena aún el uso de los

robots.”

-Bueno -dijo Smith.

“Se le sacará al cliente un molde del cuerpo y una muestra del color de los ojos, labios, cabellos, piel, etc. El cliente deberá esperar dos meses a que su modelo esté terminado.”

No es tanto, pensó Smith. De aquí a dos meses mis costillas podrán descansar al fin de los apretujones diarios. De aquí a dos meses mi mano se curará de esta presión

incesante. De aquí a dos meses mi aplastado labio inferior recobrará su tamaño normal. No quiero parecer ingrato, pero… Smith dio vuelta la tarjeta.

“Marionetas, S. A. funciona desde hace dos años. Se enorgullece de poseer una larga lista de satisfechos clientes. Nuestro lema es «Nada de ataduras.» Dirección: 43 South Wesley.”

El ómnibus se detuvo. Smith descendió, y caminó hasta su casa diciéndose a sí mismo: Nettie y yo tenemos quince mil dólares en el banco. Podría sacar unos ocho mil con la excusa de un negocio. La marioneta me devolverá el dinero, y con intereses. Nettie nunca lo sabrá.

Abrió la puerta de su casa y poco después entraba en el dormitorio. Allí estaba Nettie, pálida, gorda, y serenamente dormida.

-Querida Nettie. -Al ver en la semioscuridad ese rostro inocente, Smith se sintió

aplastado, casi, por los remordimientos-. Si estuvieses despierta me asfixiarías con tus besos y me hablarías al oído. Me haces sentir, realmente, como un criminal. Has sido una esposa tan cariñosa y tan buena. A veces me cuesta creer que te hayas casado conmigo, y no con Bud Chapman, aquel que tanto te gustaba. Y en este último mes has estado todavía más enamorada que antes.

Los ojos se le llenaron de lágrimas. Sintió de pronto deseos de besarla, de confesarle su amor, de hacer pedazos la tarjeta, de olvidarse de todo el asunto. Pero al adelantarse

hacia Nettie sintió que la mano le dolía y que las costillas se le quejaban. Se detuvo, con ojos desolados, y volvió la cabeza. Salió de la alcoba y atravesó las habitaciones oscuras.

Entró canturreando en la biblioteca, abrió uno de los cajones del escritorio, y sacó la

libreta de cheques.

-Sólo ocho mil dólares -dijo-. No más. -Se detuvo-. Un momento.

Hojeó febrilmente la libreta.

-¡Pero cómo! -gritó-. ¡Faltan diez mil dólares! -Se incorporó de un salto-. ¡Sólo quedan cinco mil!

¿Qué ha hecho Nettie? ¿Qué ha hecho con ese dinero? ¿Más sombreros, más

vestidos, más perfumes? ¡Ya sé! ¡Ha comprado aquella casita a orillas del Hudson de la que ha estado hablando durante tantos meses!

Se precipitó hacia el dormitorio, virtuosamente indignado. ¿Qué era eso de disponer así del dinero? Se inclinó sobre su mujer.

-¡Nettie! -gritó-. ¡Nettie, despierta!

Nettie no se movió.

-¡Qué has hecho con mi dinero! -rugió Smith.

Nettie se agitó, ligeramente. La luz de la calle brillaba en sus hermosas mejillas.

A Nettie le pasaba algo. El corazón de Smith latía con violencia. Se le secó la boca. Se estremeció. Se le aflojaron las rodillas.

-¡Nettie, Nettie! -dijo-. ¿Qué has hecho con mi dinero?

Y en seguida, esa idea horrible. Y luego el terror y la soledad. Y luego el infierno, y la

desilusión. Smith se inclinó hacia ella, más y más, hasta que su oreja febril descansó,

firmemente, irrevocablemente, sobre el pecho redondo y rosado.

-¡Nettie! -gritó.

Tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic…

Mientras Smith se alejaba por la avenida, internándose en la noche, Braling y Braling

Dos se volvieron hacia la puerta de la casa.

-Me alegra que él también pueda ser feliz -dijo Braling.

-Sí -dijo Braling Dos distraídamente.

-Bueno, ha llegado la hora del cajón, Braling Dos.

-Precisamente quería hablarle de eso -dijo el otro Braling mientras entraban en la casa-.

El sótano. No me gusta. No me gusta ese cajón.

-Trataré de hacerlo un poco más cómodo.

-Las marionetas están hechas para andar, no para quedarse quietas. ¿Le gustaría

pasarse las horas metido en un cajón?

-Bueno…

-No le gustaría nada. Sigo funcionando. No hay modo de pararme. Estoy perfectamente

vivo y tengo sentimientos.

-Esta vez sólo será por unos días. Saldré para Río y entonces podrás salir del cajón.

Podrás vivir arriba.

clonesBraling Dos se mostró irritado.

-Y cuando usted regrese de sus vacaciones, volveré al cajón.

-No me dijeron que iba a vérmelas con un modelo difícil.

-Nos conocen poco -dijo Braling Dos-. Somos muy nuevos. Y sensitivos. No me gusta

nada imaginarlo al sol, riéndose, mientras yo me quedo aquí pasando frío.

-Pero he deseado ese viaje toda mi vida -dijo Braling serenamente.

Cerró los ojos y vio el mar y las montañas y las arenas amarillas. El ruido de las olas le acunaba la mente. El sol le acariciaba los hombros desnudos. El vino era magnífico.

-Yo nunca podré ir a Río -dijo el otro-. ¿Ha pensado en eso?

-No, yo…

-Y algo más. Su esposa.

-¿Qué pasa con ella? -preguntó Braling alejándose hacia la puerta del sótano.

-La aprecio mucho.

Braling se pasó nerviosamente la lengua por los labios.

-Me alegra que te guste.

-Parece que usted no me entiende. Creo que… estoy enamorado de ella.

Braling dio un paso adelante y se detuvo.

-¿Estás qué?

-Y he estado pensando -dijo Braling Dos- qué hermoso sería ir a Río, y yo que nunca

podré ir…

Y he pensado en su esposa y… creo que podríamos ser muy felices, los dos, yo y ella.

-M-m-muy bien.-Braling caminó haciéndose el distraído hacia la puerta del sótano-.

Espera un momento, ¿quieres? tengo que llamar por teléfono.

Braling Dos frunció el ceño.

-¿A quién?

-Nada importante.

-¿A Marionetas, Sociedad Anónima? ¿Para decirles que vengan a buscarme?

-No, no… ¡Nada de eso!

Braling corrió hacia la puerta. Unas manos dc hierro lo tomaron por los brazos.

-¡No se escape!

-¡Suéltame!

-No.

-¿Te aconsejó mi mujer hacer esto?

-No.

-¿Sospechó algo? ¿Habló contigo? ¿Está enterada?

Braling se puso a gritar. Una mano le tapó la boca.

-No lo sabrá nunca, ¿me entiende? No lo sabrá nunca.

Braling se debatió.

-Ella tiene que haber sospechado. ¡Tiene que haber influido en tí!

-Voy a encerrarlo en el cajón. Luego perderé la llave y compraré otro billete para Río,

para su esposa.

-¡Un momento, un momento! ¡Espera! No te apresures. Hablemos con tranquilidad.

-Adiós, Braling.

Braling se endureció.

-¿Qué quieres decir con «adiós»?

Diez minutos más tarde, la señora Braling abrió los ojos. Se llevó la mano a la mejilla.

Alguien la había besado. Se estremeció y alzó la vista.

-Cómo… No lo hacías desde hace años -murmuró.

-Ya arreglaremos eso -dijo alguien.

 

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