Intertextualidades de Castillo, Borges y Cortázar


Ese diálogo y tráfico de influencias que llamamos intertextualidad (de la que ya hemos hablado aquí, allá, más allá y en otras entradas) está presente en un cuento del genial Abelardo Castillo: “Historia para un tal Gaido”.

CastilloEste cuento recrea la temática borgeana del malevo, el coraje y la venganza, tal como aparecen en “Hombre de la esquina rosada” y  “El fin” de Borges. Pero la estructura del cuento y ese deslizamiento desde lo verosímil hacia lo fantástico lleva la impronta de Cortázar: el final de “Historia para un tal Gaido” nos remite a “Continuidad de los parques”.

El estudio escrito por Aníbal Jarkowski para El candelabro de plata y otros cuentos, de Abelardo Castillo, editado por Alfaguara, nos dice:

“Historia para un tal Gaido” es una irónica reescritura de aquellos cuentos que Borges dedicó a la veneración de un mítico coraje que guapos, malevos y compadres ejercieron en las, también míticas, orillas de Buenos Aires. […] Como resulta más o menos evidente, pero también inesperado, el final del relato se aparta de la solución borgeana […] y opta, en cambio, por el deslizamiento de la ficción sobre la realidad que Cortázar practicó en cuentos notables como “Continuidad de los parques” o “Instrucciones para John Howell”.

Recuros digitales:

“Julio Cortázar”, por A. Castillo, en Ser escritor, Buenos Aires, Ed. Perfil, 1997. Leer en este enlace.

Leer el cuento “Continuidad de los parques” de Julio Cortázar en esta entrada.

Leer “Historia para un tal Gaido” en este enlac.
Pueden leer el cuento “El candelabro de plata” de Castillo en este enlace.

En este enlace, pueden descargar gratis la Guía de lectura de El candelabro de plata y otros cuentos, de Abelardo castillo, editado por Alfaguara.

“La intensidad”, por Guillermo Saccomanno. Reseña publicada en Radar, Página/12, 2006.

“Vale decir”, entrevista a Abelardo Castillo, Radar, Página/12, 2011.

Entrevita a Abelardo Castillo, en Clarín, 30 de noviembre de 2014

Entrevista a Abelardo Castillo, en La Nación, 30 de mayo de 2014

Una amistad de literatura fantástica“, por Diego Erlan, en Revista Ñ, Clarín, 10 de febrero de 2014. [sobre la amistad entre Castillo y Cortázar]

Julio Cortázar 1914-2014, Cien años, mil motivos para leerlo. Alfaguara. Descargar aquí.

Ítaca, de Kavafis


 

Ítaca

Si vas a emprender viaje hacia Ítaca,

pide que tu camino sea largo,

rico en experiencias, en conocimiento.

A Lestrígones y a Cíclopes o al airado

Poseidón nunca temas:

no hallarás tales seres en tu ruta

si alto es tu pensamiento y limpia la emoción

de tu espíritu y tu cuerpo.

A Lestrígones ni a Cíclopes, ni al fiero Poseidón

hallarás nunca

si no los llevas dentro de tu alma,

si no es tu alma quien los pone ante ti.

Pide que tu camino sea largo,

que numerosas sean las mañanas de verano

en que con placer felizmente arribes

a bahías nunca vistas.

Ten siempre a Ítaca en la memoria.

Llegar allí es tu meta,

mas no apresures el viaje,

mejor que se extienda largos años,

y en tu vejez arribes a la isla

con cuanto hayas ganado en el camino,

sin esperar que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te regaló un hermoso viaje,

sin ella el camino no hubieras emprendido,

mas ninguna otra cosa puede darte.

Aunque pobre la encuentres, no te engañaría Ítaca.

Rico en saber y en vida como has vuelto

comprenderás ya que significan la Ítacas.

 

Konstantin Kavafis (1863-1933)

 

Breve análisis del poema:

Este poema,  inspirado en la Odisea de Homero, nos propone una interpretación metafórica del viaje.

El viaje es el recorrido de la vida. Esta metáfora de la vida como sendero, como camino, como viaje es un motivo universal. Recordemos, por ejemplo, los poemas Caminante no hay camino de Antonio Machado y El camino no elegido de Robert Frost.

Las Ítacas son las metas, los objetivos que nos proponemos en la vida. El sentido del poema de Kavafis es que el camino, el viaje, es más importante que la meta: llegar a la vejez con cuanto hayas ganado en el camino — experiencia y conocimiento— sin esperar que Ítaca te enriquezca. Cuando el poeta nos dice Ítaca te regaló un hermoso viaje, nos está mostrando que las metas que nos proponemos alcanzar nos permiten recorrer un camino, en el que vamos ganando experiencia, adquiriendo conocimientos y disfrutando al andar.

Es importante no apresurar el viaje porque es el viaje en sí mismo, y no la llegada a la meta, lo que nos dará satisfacción y experiencia. El poeta parece estar pidiéndonos que no quememos etapas, que disfrutemos cada paso, cada trayecto del camino.

En el viaje de la vida vamos a enfrentar Lestrigones y Cíclopes, metáfora de los miedos, monstruos internos que obstaculizan avanzar. Por eso, el poeta nos dice que nunca hallaremos tales monstruos si no los llevas dentro de tu alma, si no es tu alma quien los pone ante ti. Los miedos, como el miedo a la incertidumbre, el miedo al cambio, el miedo a lo desconocido, suelen ser los principales obstáculos que debemos vencer.  Para derrotar a esos Lestrigones y Cíclopes lo mejor es mantener alto el pensamiento, es decir, mantenerse firme en nuestras decisiones, y limpia la emoción, es decir, desterrar emociones negativas.

Recordemos que el objetivo que guía y mantiene fuerte a Odiseo es regresar a su patria, a Ítaca, y reencontrarse con su familia. Odiseo nunca pierde de vista ese objetivo, lo lleva en su corazón y en su mente, en su espíritu y en su pensamiento.  La perseverancia y la fuerza de voluntad le permiten sobreponerse a los terribles obstáculos del camino. Odiseo regresa a Ítaca rico en saber y en vida: las experiencias, las aventuras vividas lo han enriquecido.

 

Ahora nos podemos preguntar cuál es el objetivo común de todos los seres humanos… ¿ser feliz?

Si la vida es un camino en búsqueda de la felicidad, entonces la felicidad está en el camino, en la búsqueda misma.

Viajar… la búsqueda de uno mismo

El viaje es una metáfora de la vida y también, para muchas personas, viajar es una forma de vida, una búsqueda de nuestro propio ser. Quien viaja, descubre el mundo, descubre otras personas, otras filosofías de vida, otras culturas, otros modos de entender la vida y el mundo. Y es en el contraste con nuestros propios valores, formas de pensar y de vivir, que uno va descubriéndose a sí mismo; vamos conociéndonos a medida que conocemos a los demás. Entre el turista y el viajero hay un abismo de diferencia: el turista va en viaje organizado y planificado, sabe qué se va a encontrar, se hospeda en hoteles –lugares neutro donde solo encontrará otros turistas– y recorre con la vista para capturar la foto que pruebe que estuvo allí. El viajero se aventura hacia lo desconocido, muchas veces sin rumbo fijo, dejando que la vida lo sorprenda, haciendo camino al andar. Al viajero n le interesa la foto sino la charla con los lugareños, el compartir experiencias, el abrir los oídos y el alma, disfrutar el momento. El viajero va ligero de equipaje, lo que va adquiriendo en el camino se lleva en el espíritu, no en una maleta. Para todos los viajeros con quienes comparto una filosofía de vida, acá dejo estos versos de Mario Benedetti:

No te rindas, aun estas a tiempo
de alcanzar y comenzar de nuevo,
aceptar tus sombras, enterrar tus miedos,
liberar el lastre, retomar el vuelo.
No te rindas que la vida es eso,
continuar el viaje,
perseguir tus sueños,
destrabar el tiempo,
correr los escombros y destapar el cielo.
[…]
Vivir la vida y aceptar el reto,
recuperar la risa, ensayar el canto,
bajar la guardia y extender las manos,
desplegar las alas e intentar de nuevo,
celebrar la vida y retomar los cielos.
 
imagen de vuelo-libertad

El libro 1605, de Manuel Mujica Láinez


 

Este cuento de Mujica Láinez toma como referencia  El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Una linda lectura para trabajar la intertextualidad con la novela de Cervantes.

 

«El libro 1605», de Manuel Mujica Láinez, en Misteriosa Buenos Aires

-¡Un par de pantuflos de terciopelo negro!
El pulpero los alza, como dos grandes escarabajos, para que el sol destaque su lujo.
Bajo el alero, los cuatro jugadores miran hacia él. Queda el escribano con el naipe en alto y exclama:
-Si gano, los compraré.
Y la hija del pulpero, con su voz melindrosa:
-Son dignos del pie del señor escribano.
Éste le guiña un ojo y el juego continúa, porque el flamenco que hace las veces de banquero les llama al orden.
– ¡Doce varas de tela de Holanda! ¡Dos sobrecamas guarnecidas, con sus flocaduras!
A la sombra del parral, Lope asienta lo que le dictan, dibujando la bella letra redonda.
Están en el patio de tierra apisonada. A un lado, en torno de una mesa que resguarda el alerillo, cuatro hombres -el molinero flamenco, el escribano, un dominico y un soldado- prueban la suerte al lansquenete, el juego inventado en Alemania en tiempos de Carlos V o antes aun, cuando reinaba su abuelo Maximiliano de Habsburgo, el juego que las tropas llevaron de un extremo al otro de los dominios imperiales. Más acá, cerca de la parra, la hija del pulpero se ha ubicado en una silla de respaldo, entre dos tinajones. Es una muchacha que sería bonita si suprimiera la capa de bermellón y de albayalde con los cuales pretende realzar su encanto. Entre tanta pintura ordinaria, brillan sus ojos húmedos. Viste una falda amplísima, un verdugado, cuyos pliegues alisa con las uñas de ribete
negro. Sobre el pecho, bajo la gorguera, tiemblan los vidrios de colores de una joya falsa. Su padre, arremangado, sudoroso, trajina en mitad del patio. Un negro le ayuda a desclavar las barricas y las cajas, de donde va sacando las mercaderías que sigilosamente desembarcaron la noche anterior. Son fardos de contrabando venidos de Porto Bello, en el otro extremo de América. Se los envió Pedro González Refolio, un sevillano. Buenos Aires contrabandea del gobernador abajo, pues es la única forma de que subsista el comercio, así que el tendero apenas recata el tono cuando dicta:
– ¡Arcabuces! ¡Siete arcabuces!
El soldado gira hacia él. Se le escapan los ojos tras las armas de mecha y las horquillas. Protesta el banquero:
– ¡A jugar, señores!
Y baraja los naipes cuyo as de oros se envanece con el escudo de Castilla y de León y el águila bicéfala.
– ¡Una alfombra fina, de tres ruedas! ¡Cuatro sábanas de Ruán!
Lope sigue apuntando en su cuaderno. Ni el pulpero ni su hija saben escribir, de modo que el mocito tiene a su cargo la tarea de cuentas y copias. Se hastía terriblemente. La muchacha lo advierte; abandona por un momento el empaque y, con mil artificios de coquetería, se acerca a él. Le sirve un vaso de vino:
-Para el escritor.
El escritor suspira y lo bebe de un golpe. ¡Escritor! Eso quisiera ser él y no un escribiente miserable. La niña le come con los ojos. Se inclina para recoger el vaso y murmura:
-¿Vendrás esta noche?
El adolescente no tiene tiempo de responder, pues ya está diciendo el pulpero:
-Aquí terminamos. Una… dos… tres… cinco varas de raso blanco para casullas…
Las ha desplegado mientras las medía y ahora emerge, más transpirado y feo que nunca, entre tanta frágil pureza que desborda sobre las barricas.
-Y esto, ¿qué es?
Levanta en la diestra un libro que se escondía en lo hondo de la caja. Azárase el mercader:
-¿Cómo diablos se metió esto entre los géneros?
Lo abre torpemente y como las letras nada le transmiten, lo lanza por los aires, hacia los jugadores. El escribano lo caza al vuelo. Conserva los naipes en una mano y con la otra
lo hojea.
-Es una obra publicada este año. Miren sus mercedes: Madrid, 1605.
Se impacienta el banquero, a quien acosan los mosquitos:
-¿Qué se hace aquí? ¿Se lee o se juega?
Por su izquierda, hace cortar al dominico la baraja.
El fraile toma a su vez el libro (no es mucho lo que contiene: algo más de trescientas páginas), y declara, doctoral:
-Acaso sea un peligroso viajero y convenga someterlo al Santo Oficio.
-Nada de eso -arguye el dueño de la pulpería-. Luego se meterían en averiguaciones de cómo llegó a mis manos.
Y el soldado: -No puede ser cosa mala, pues está dedicado al Duque de Béjar.
El escribano se limpia los anteojos y resopla:
-Para mí no hay más duque que el Duque de Lerma.
Allí se echan todos a discutir. Bastó que se nombrara al favorito para que la tranquilidad del patio se rompiera como si en él hubieran entrado cien avispas. Por instantes el tono desciende y los personajes atisban alrededor. Es que el pulpero, irritado, ha dicho que el señor Felipe III es el esclavo del duque y que ese hombre altivo gobierna España a su antojo. Sobre las voces distintas, crece la del molinero:
-¿Jugamos? ¿Jugamos, pues?
La niña palmotea desde su silla dura y aprovecha la confusión para dirigir a Lope miradas de incendio.
– ¡Haya paz, caballeros! -ruega el dominico-. He estado recorriendo el comienzo de este libro y no me parece que merezca tanta alharaca. Es un libro de burlas.
Menea la cabeza el escribano:
-¿Adónde iremos a parar con las sandeces que agora se estampan? Déme su merced algo como aquellos libros que leíamos de muchachos y nos deleitaban. Las Sergas de Esplandián…
-Lisuarte de Grecia…
-Palmerín de Oliva…
Los jugadores han quedado en silencio, pues la evocación repentina les ha devuelto a su juventud y a las novelas que les hacían soñar en la España remota, en la quietud de los caseríos distantes, de los aposentos provincianos donde, a la luz de la lumbre, los guerreros fantásticos se aparecían, con
una dama en la grupa del caballo, pronunciando maravillosos discursos en el estruendo de las armas de oro.
Sólo el molinero de Flandes, que nunca ha leído nada, insiste con su protesta:
-Si no se juega, me voy. Sosiéganse los demás.
-Mejor será que lo demos a Lope -resume el escribano-. A nosotros ya nada nuevo nos puede atraer, pues hemos sido educados en el oficio de las buenas letras. Señores, se pierde la raza. Empieza la época de la estupidez y de la blandura.
¡Ay, don Duardos de Bretaña, don Clarisel, don Usuarte!
El pulpero suelta una carcajada gorda y alinea los arcabuces bajo la parra.
-¡Otra vuelta de vino de Guadalcanal! Y el libro, casi desencuadernado por los tirones, aletea una vez más por el aire, hacia el muchacho meditabundo que afila su pluma.
Ahora la casa duerme, negra de sombras, blanca de estrellas infinitas. La muchacha, cansada de aguardar a su desganado amante, cruza el patio de puntillas, hacia su habitación. Espía por la puerta y le ve, echado de bruces en el lecho. A la claridad de un velón, está leyendo el libro, el maldito libro de tapas color de manteca. Ríe, ensimismado, a mil leguas de Buenos Aires, del tendero, del olor a frutas y ajos que inunda la casa.
No lo puede tolerar el orgullo de la hija del pulpero. Entra y le recrimina por lo bajo, con bisbiseo afanoso, de miedo de que su padre la oiga:
-¡Mala entraña! ¿Por qué no has venido?
Lope quiere replicarle, pero tampoco se atreve a levantar la voz. Sucédese así un diálogo ahogado, entre la niña cuyos rubores pugnan por aparecer bajo la máscara de bermellón, y el mocito que se defiende con el volumen, como si espantara moscas.
Por fin, ella le quita el libro, con tal fiereza que deja en sus manos las tapas de pergamino. Y huye con él apretado contra el seno, rabiosa, hacia su cuarto.
Allí, frente al espejo, la presencia familiar de las alhajas groseras, de los botes de ungüento y de los peines de asta y de concha, la serena un poco, aunque no aplaca la fiebre de su desengaño. Comienza a peinarse el cabello rubio. El libro permanece abandonado entre las vasijas. Habla sola,
haciendo muecas, apreciando la gracia de sus hoyuelos, de su perfil. Le enrostra al amante ausente su indiferencia, su desamor. Sus ojos verdes, que enturbian las lágrimas, se posan sobre el libro abandonado, y su cólera renace. Voltea las páginas, nerviosa. Al principio hay algunas en que las
líneas no cubren el total del folio. Ignora que son versos. Quisiera saber qué dicen, qué encierran esas misteriosas letras enemigas, tan atrayentes que su seducción pudo más que los encantos de los cuales sólo goza el espejo impasible.
Entonces, con deliberada lentitud, rasga las hojas al azar, las retuerce, las enrosca en tirabuzón y las anuda en susrizos dorados. Se acuesta, transformada su cabellera en la deuna medusa caricaturesca, entre cuyos bucles absurdos asoman, aquí y allá, los arrancados fragmentos de Don Quijote de la Mancha. Y llora.

 

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Categorías del análisis literario


Por Marina Menéndez

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Hoy les dejo algunos conceptos clave para tener en cuenta cuando leemos un texto literario narrativo: autor, narrador, sentido e interpretación, tiempo del relato y tiempo de la historia, trama y argumento, intriga y fábula, focalización, analexis y prolexis.

Para comenzar debemos distinguir entre autor, la persona real que escribe, y narrador, la voz que relata o habla en un texto literario. El narrador es un elemento más de la obra, es una construcción del autor y, por tanto, pertenece al universo de ficción. Es incorrecto decir que el narrador es quien/la persona que relata los hechos porque el narrador está dentro de la ficción literaria, no es una persona, y además no necesariamente se identifica con un personaje. Roland Barthes (1966) lo explica así: el autor (material) de un relato no puede confundirse para nada con el narrador de ese relato.

La teoría literaria nos ofrece conceptos e ideas que pueden funcionar como herramientas para abordar un texto. Por definición, todo texto tiene sentido. Además, cada lectura de un texto literario puede abrir un abanico de diversas interpretaciones, que variarán de acuerdo con factores tales como el propio individuo lector, las condiciones sociohistóricas de lectura, la influencia de otras obras, etc. Sentido e interpretación son los primeros conceptos que define Tzevan Todorov en su ensayo “Las categorías del relato literario” (1974).  El sentido o función de un elemento en el texto se construye a partir de su relación con los demás elementos de la obra y con la obra en su totalidad. Por tanto, el sentido siempre es correlación. Por ejemplo, cuando el narrador de “El ilustre amor”, cuento de Manuel Mujica Láinez, nos habla de la figura otoñal de mujer que nunca ha sido hermosa, ese elemento que al principio del cuento solo es una descripción del personaje cobra un sentido diferente hacia el final del relato, se vuelve contraste de la apreciación entre la belleza insulsa de las otras, destácase la madurez de Magdalena con quemante fulgor.

Otras nociones interesantes para abordar un texto narrativo son las de historia y relato. La historia es una sucesión de hechos en orden cronológico, a esta sucesión natural de acontecimientos también se la conoce como intriga (Segre, 1976) o como trama (Tomachevski, 1925). El relato o discurso es el modo en que el narrador nos presenta esa historia. La sucesión de hechos tal como está presentada en el relato también se conoce como fábula (Segre, 1976) o como argumento (Tomachevski, 1925). El tiempo del relato no siempre coincide con el tiempo de la historia ya que la narración suele romper con esa sucesión natural de los acontecimientos. Esto es lo que sucede cuando la narración introduce acontecimientos previos a aquel que constituye le punto de partida de la narración, a este procedimiento se lo denomina analexis y es lo que comúnmente conocemos por flashbacks. En el cuento “El hambre” de Mujica Láinez, Baitos recuerda escenas anteriores a la llegada a América.  También se rompe la sucesión temporal de los hechos cuando la narración anticipa hechos o introduce acontecimientos que han de ocurrir ulteriormente, estos últimos suelen ser introducidos en forma de sueños fatídicos o premoniciones.  A esto se lo conoce como prolexis. En el primer párrafo de “Axolotl” de Julio Cortázar, el narrador protagonista declara Ahora soy un axolotl, dato que probablemente pase inadvertido para el lector.

Todorov presenta tres deformaciones del orden cronológico de la historia: encadenamientos, alternancias e intercalaciones.  El encadenamiento “consiste simplemente en yuxtaponer diferentes historias: una vez termina la primera se comienza la segunda”, es el caso de La hojarasca de García Márquez y de Rosaura a las diez de Denevi. La alternancia consiste en contar dos historias simultáneamente, como en “La noche boca arriba” de Cortázar. La intercalación consiste en incluir una historia dentro de otra, el ejemplo paradigmático son las historias intercaladas en Don Quijote de la Mancha de Cervantes.

El modo en que están presentados los hechos no solo incluye el tiempo del relato sino también el modo en que el narrador percibe los acontecimientos. Podemos analizar y clasificar los tipos de narradores de acuerdo con varios criterios: la persona gramatical (primera, segunda o tercera), el punto de vista, es decir, lo que sabe o ignora (omnisciente, equisciente o deficiente), su expresión de apreciaciones subjetivas o no (intervencionista o neutral).

El narrador es una voz y también una visión porque esa voz va a narrar desde una (o varias) perspectivas, va a presentar la historia de una cierta manera de acuerdo con su focalización. Imaginemos que el narrador es como la lente de una cámara, lo que percibimos está condicionado por la selección, el modo y el orden en que la voz narradora nos presenta los hechos o datos. Cuando el narrador participa en la acción (es participante), puede hacerlo como protagonista o como simple testigo. En estos casos puede narrar en primera persona como protagonista (cuenta su propia historia) o testigo. Ejemplos de narrador protagonista en primera persona: No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir (“El gato negro” de E. A. Poe), Escribo esto bajo una fuerte tensión mental, ya que cuando llegue la noche habré dejado de existir (“Dagón” de  H.P. Lovecraft), Me estaba vistiendo con la detención propia de los días festivos, cuando llamaron a la puerta de mi pieza (“Los vestigios de un crimen” de Vicente Rossi. Narrador testigo en primera persona: Dos días después de la Navidad, pasé a visitar a mi amigo Sherlock Holmes con la intención de transmitirle las felicitaciones propias de la época. Lo encontré… (El carbunclo azul de A. C. Doyle), me dispongo a dejar constancia sobre este pergamino de los hechos asombrosos y terribles que me fue dado presenciar en mi juventud, repitiendo verbatim cuanto vi y oí, y sin aventurar interpretación alguna, para dejar, en cierto modo, a los que vengan después (si es que antes no llega el Anticristo) signos de signos, sobre los que pueda ejercerse plegaria del desciframiento (El nombre de la rosa de U. Eco). En el cuento “Circe” de Julio Cortázar la voz del narrador en primera persona se cuela en el relato Yo me acuerdo mal de Delia, pero era fina y rubia, demasiado lenta en sus gestos (yo tenía doce años, el tiempo y las cosas son lentas entonces) y usaba vestidos claros con faldas de vuelo libre, y más adelante Yo me acuerdo mal de Mario, pero dicen que hacía linda pareja con Delia.

Los narradores en segunda persona son los menos comunes, en estos casos el narrador se habla a sí mismo o a otro personaje o al propio lector. Aura de Carlos Fuentes comienza Lees ese anuncio: una oferta de esa naturaleza no se hace todos los días. Lees y relees el aviso. Parece dirigido a ti, a nadie más. Un ejemplo interesante es el de la novela Si una noche de invierno un viajero de Italo Calvino, que comienza interpelando al lector así: Estás a punto de leer la nueva novela de Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero. Relájate. Recógete. Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. Otro ejemplo es El amor propio de Juanito Osuna, de Miguel Delibes .

El narrador en tercera persona no participa de los hechos, no es personaje; por tanto, las formas de la primera persona del singular (yo, me, mi) nunca aparecerán en el texto. Por ejemplo: Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto (La metamorfosis de F. Kafka).

Además de la persona gramatical utilizada por la voz narradora, debemos tener en cuenta la perspectiva del narrador: omnisciente, equisciente o deficiente. El narrador omnisciente sabe y nos cuenta de los personajes más de lo que cualquiera de ellos sabe, nos informa sobre pensamientos, estados de ánimo y sentimientos de los personajes y suele adelantar lo que va a suceder. Esta focalización coincide generalmente con un narrador en tercera persona. El narrador equisciente dispone de la misma información que los personajes o que alguno de ellos, tiene una mirada parcial de los hechos. El narrador deficiente conoce solo una parte de la historia y no sabe lo que piensan o sienten los personajes; es común en estos casos que el lector pueda inferir hechos o relaciones que el narrador no sabe o no comprende. Es importante recordar que la perspectiva del narrador puede variar a lo largo del relato, es decir, la voz narradora puede adoptar sucesiva o alternadamente puntos de vista de varios personajes (como en Pedro Páramo de Juan Rulfo), alternar miradas omniscientes o deficientes, etc. También es posible que un texto narrativo tengo varias voces narradoras, en Pedro Páramo de Rulfo el narrador omnisciente neutral se suspende para dar paso a las voces de diversos personajes y estas voces, a su vez, suelen ser mediadoras de otras voces ajenas. Esta técnica que incluye varias voces narradoras permite crear una mirada estereoscópica de la historia.

Barthes, Roland y otros. ([1966] 1970) Análisis estructural del relato. Buenos Aires, Tiempo
Contemporáneo.

Tomachevski,  B.  ([1925] 1970) “Temática”, en Teoría de la literatura de los formalistas rusos. Buenos Aires, Signos.

Todorov, T.(1974) Las categorías del relato literario

Segre, C. ([1976] 1985) Principios de análisis del texto literario. Barcelona, Crítica

Texto recomendado:

Villanueva, D. Glosario de narratología

 

Entrada relacionada: Definiciones de literatura

Átropos. Silvina Ocampo


Átropos

Desde los cinco años tenía ideas extrañas sobre la muerte. Nadie se las había inculcado sino ella misma. No quería morir, pero no era por miedo a la muerte ni por el aspecto desdichado de Atropos; era por un sentimiento extraño: después de morir, ¿Qué había que hacer? ¿Cuál era la obligación primera, la segunda, la tercera?. La vergüenza de morir era lo primero que se le ocurrió y permaneció definitivamente en su corazón, como en el despertador el latido de la hora en que hay que levantarse aunque parezca que hay que acostarse justo a esa hora. ¿Cómo se vestiría? ¿Qué zapatos se pondría, blancos, negros? ¿Qué peinado le harían? ¿La raya al medio, dos trenzas, ninguna raya, el pelo estirado para atrás, con ondas que las trenzas dejan?. Interrumpiste el juego con las muñecas, sospechando que en la oscuridad de la noche las muñecas pensaban en vos y ¿qué mayor castigo que dejarlas solas, sin acordarse de ellas en ningún momento?. Algo te sucedía sin duda, por eso te preguntaban: “¿No jugás?” “No”. “¿Por qué?” “Porque no”. Que pensaría tu mamá al oírte decir cosas tan lejos de la verdad. Pensaba que algo te pasaba, pero nunca llegó a saber cuál era el misterio de tu angustia y fingía una alegría muy desmedida, al cantar una canción, golpeando en la madera de la cama el ritmo del canto. ¿Pensabas que algún día serías grande?. Nunca lo pensaste, pues para ti todo era absurdo, la vida de la gente mayor, las costumbres, los malos antecedentes. Preveía los desencuentros, las malas costumbres, la maldad, ¿por qué no?, la falta de respeto por todo lo que no era ellos mismos.

Y así sucedió que entre los juguetes más perfectos que no eran de ella sino de la hermana mayor, siguió creciendo hasta que las ideas la llevaron a preferir antes que a un hombre, un perro, una paloma, un tigre; quién sabe qué animal prehistórico, como las sirenas o el rezagado mamboretá o la íntima ballena, que meneaba su cuerpo en la televisión de los domingos. No era fácil vivir en la soledad ausente del jardín ni en los cuadernos de primer grado o del jardín de infantes. Jugaba, pero jugaba con sabiduría, sin saber qué hacía, como nosotros escribimos sin saber qué escribimos.

Mi hija se parece a mí, pero es en realidad mi madre, aunque yo la llame mi hija. Resolví sacrificar mi vida por ella y una tarde de tormenta en que los árboles se desplomaban, la invité a salir. Aceptó y sin cubrirnos la cabeza ni los pies salimos bajo la tormenta, con los ojos cerrados, como si el mundo hubiera desaparecido. Entonces sentí que la fuerza íntima del ser tenía que desaparecer y dejarnos frente a frente como dos ángeles felices. Y así fue como llegamos al cielo, creyendo que era el infierno, abrazadas como dos amigas de la misma edad, para siempre. Y el jardín del cielo era precioso.

Y yo miré en un espejito, que mamá me dio bajo la tormenta. Y mamá me dijo:

—¿Ves que somos felices? ¿Qué otra felicidad querrías?.

—Ninguna, salvo la de verte como te veo ahora mismo, tan bonita y tan buena como siempre lo fuiste.

Cuando era chica no sabía hablar. Ahora hablo como los ángeles, que tampoco saben hablar.

—Voy a ser muy feliz como en la tierra. Pero ahora no nos damos cuenta de lo felices que somos, como entonces tampoco nos dábamos cuenta de esta felicidad. ¿Volveremos a nacer?.

—Volvamos a nacer. Cerremos los ojos. Éste es mi sueño. Éste es tu sueño. Nuestro sueño.

Pero no era mi sueño ni tu sueño ni nuestro sueño. Todo era diferente a cualquier sueño. Una sensación de bienestar se apoderó de mí. Pensé que el cielo esgrime sus fuentes para engañarnos siempre de algo hermoso, de algo que nos asusta, como no nos asusta ni siquiera el tigre de la jungla, pero que sabe recatadamente que nuestra vida está entre sus garras siempre benefactoras, aunque al final nos mata, feliz de matar a quien lo espera, como aquel tigre que mi hija amaba.

Silvina Ocampo

Átropos o las Parcas. Goya

Átropos o las Parcas. Goya. Museo del Prado

En este cuento, la confusión de voces narradoras (tercera persona omnisciente, primera persona protagonista y segunda persona) se conjugan con el tema de la muerte y el sueño en los recuerdos de la infancia. Una mujer rememora las ideas que poblaban su mente infantil (después de morir, ¿Qué había que hacer? ¿Cuál era la obligación primera, la segunda, la tercera? ) y también sus sentimientos y emociones (No quería morir, pero no era por miedo a la muerte…, para ti todo era absurdo…, No era fácil vivir en la soledad ausente del jardín ni en los cuadernos de primer grado o del jardín de infantes…). La voz de la mujer adulta le habla a la niña que fue. En el recuerdo, las relaciones familiares madre/hija se confunden: Mi hija se parece a mí, pero es en realidad mi madre, aunque yo la llame mi hija. Resolví sacrificar mi vida por ella y una tarde de tormenta en que los árboles se desplomaban, la invité a salir. (…) Y yo miré en un espejito, que mamá me dio bajo la tormenta.

El título:

Átropos es una de las tres Moiras, las diosas del destino en la mitología griega, también llamadas las Parcas en la mitología romana. Cloto, Láquesis y Átropo son las hilanderas, las que se encargaban de tejer la vida de los seres humanos. Cloto devanaba el hilo, Laquesis lo tejía y Átropo  decidía cuándo se cortaba el hilo. Átropos también da nombre a un tipo de mariposa, la acherontia atropos, que tiene en el dorso una mancha amarilla en forma de calavera.

Aquí les dejo un poema de Silvina Ocampo en el que vuelve al tema de la vejez y la muerte:

LA VIDA INFINITA

A veces me pregunto, al escuchar
como un recuerdo ya, el zorzal cantar

en los fondos más dóciles del sueño,
qué persigue la vida en su diseño

y en qué nos tornaremos cuando nada
nos distinga del aire y de la oleada

del mar que baña orillas de la tierra
donde nacemos y algo nos destierra.

Cuando llegue Átropos, supersticiosa,
con su cara de negra mariposa,

¿tendremos el anillo de oro mágico
que nos protegerá del hado trágico?

¿O tendremos las alas, el caballo,
que traspasará el vidrio como un rayo?

¿O perderemos todo en un momento
con el secreto y breve adiestramiento

que nos dan ya las cosas indistintas?
No escribiremos con las mismas tintas.

No pasará Alejandro Nevsky sólo
con música, armadura y protocolo

en los cinematógrafos oscuros.
No existirán los largos, largos muros

en el remoto imperio de la China;
ni en el Tibet los monjes, su doctrina.

No existirán las sombras ni los piélagos.
ni las montañas ni los archipiélagos,

ni esos bustos dorados, ni esos nombres
ni esa voz que venera el pueblo, de hombres.

No habrá tigres ni monstruos de cemento,
ni la proclamación del monumento.

No habrá teatros y gentes y mercados,
agapantos, lugares retirados,

donde canta el calor con sus chicharras
o la lluvia en los techos de pizarras.

No sabremos que existe Egipto, el Nilo,
ni leeremos las páginas de Esquilo.

No veremos en ciertos ojos almas
que besan a la nuestra en nuestras palmas.

En el itinerario de los días,
a veces víctimas de brujerías,

no omitiremos lo que más amamos
para incluir luego lo que detestamos.

No existirá el lustral Mediterráneo,
ni las plantas, ni el sol contemporáneo.

No habrá calles con nombres previsibles,
ni metales ni piedras más sensibles.

No estará el mismo río sobre el barro,
las quemas de basuras ni ese carro,

con perros que en las noches del suburbio.
se pierden junto a un niño cruel y rubio.

No habrá reinas de Egipto, ni monedas
que conservan sus caras, ni habrá sedas.

Si hoy existimos, para no morirnos
mañana lograremos no eximirnos

del universo al inventar un mundo
para vivir de nuevo. Vagabundo

como nosotros nuestro pensamiento
recordará quizás un alimento,

un dolor, un estigma, una pasión,
un rostro pálido, la comunión,

y por ejemplo dentro de algún verso
de San Juan de la Cruz un ciervo, un cierzo,

para otra vez incluirnos en la historia.
¿Será como una jaula la memoria?

El Sésamo Ábrete de recordar,
de nuevo nos pondrá en nuestro lugar

o en lugares distintos como ciegos
que no se reconocen, como en juegos.

Para seguir leyendo:

El vespertillo de las Parcas (1997, Tusquets) de Arturo Carrera. Esta obra fue inspirada por el hallazgo de huellas de niños y mujeres a orillas de la laguna de Monte Hermoso. Una reseña de este libro en:

PÁEZ, Roxana Haydée. Arturo Carrera, El vespertillo de las parcas. Buenos Aires, Tusquets Editores, 1997, 172 páginas. Orbis Tertius, [S.l.], v. 2, n. 5, apr. 1997. ISSN 1851-7811. Disponible en: <http://www.orbistertius.unlp.edu.ar/article/view/OTv02n05r01/3995>.

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