Intertextualidades de Castillo, Borges y Cortázar


Ese diálogo y tráfico de influencias que llamamos intertextualidad (de la que ya hemos hablado aquí, allá, más allá y en otras entradas) está presente en un cuento del genial Abelardo Castillo: “Historia para un tal Gaido”.

CastilloEste cuento recrea la temática borgeana del malevo, el coraje y la venganza, tal como aparecen en “Hombre de la esquina rosada” y  “El fin” de Borges. Pero la estructura del cuento y ese deslizamiento desde lo verosímil hacia lo fantástico lleva la impronta de Cortázar: el final de “Historia para un tal Gaido” nos remite a “Continuidad de los parques”.

El estudio escrito por Aníbal Jarkowski para El candelabro de plata y otros cuentos, de Abelardo Castillo, editado por Alfaguara, nos dice:

“Historia para un tal Gaido” es una irónica reescritura de aquellos cuentos que Borges dedicó a la veneración de un mítico coraje que guapos, malevos y compadres ejercieron en las, también míticas, orillas de Buenos Aires. […] Como resulta más o menos evidente, pero también inesperado, el final del relato se aparta de la solución borgeana […] y opta, en cambio, por el deslizamiento de la ficción sobre la realidad que Cortázar practicó en cuentos notables como “Continuidad de los parques” o “Instrucciones para John Howell”.

Recuros digitales:

“Julio Cortázar”, por A. Castillo, en Ser escritor, Buenos Aires, Ed. Perfil, 1997. Leer en este enlace.

Leer el cuento “Continuidad de los parques” de Julio Cortázar en esta entrada.

Leer “Historia para un tal Gaido” en este enlac.
Pueden leer el cuento “El candelabro de plata” de Castillo en este enlace.

En este enlace, pueden descargar gratis la Guía de lectura de El candelabro de plata y otros cuentos, de Abelardo castillo, editado por Alfaguara.

“La intensidad”, por Guillermo Saccomanno. Reseña publicada en Radar, Página/12, 2006.

“Vale decir”, entrevista a Abelardo Castillo, Radar, Página/12, 2011.

Entrevita a Abelardo Castillo, en Clarín, 30 de noviembre de 2014

Entrevista a Abelardo Castillo, en La Nación, 30 de mayo de 2014

Una amistad de literatura fantástica“, por Diego Erlan, en Revista Ñ, Clarín, 10 de febrero de 2014. [sobre la amistad entre Castillo y Cortázar]

Julio Cortázar 1914-2014, Cien años, mil motivos para leerlo. Alfaguara. Descargar aquí.

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Ítaca, de Kavafis


 

Ítaca

Si vas a emprender viaje hacia Ítaca,

pide que tu camino sea largo,

rico en experiencias, en conocimiento.

A Lestrígones y a Cíclopes o al airado

Poseidón nunca temas:

no hallarás tales seres en tu ruta

si alto es tu pensamiento y limpia la emoción

de tu espíritu y tu cuerpo.

A Lestrígones ni a Cíclopes, ni al fiero Poseidón

hallarás nunca

si no los llevas dentro de tu alma,

si no es tu alma quien los pone ante ti.

Pide que tu camino sea largo,

que numerosas sean las mañanas de verano

en que con placer felizmente arribes

a bahías nunca vistas.

Ten siempre a Ítaca en la memoria.

Llegar allí es tu meta,

mas no apresures el viaje,

mejor que se extienda largos años,

y en tu vejez arribes a la isla

con cuanto hayas ganado en el camino,

sin esperar que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te regaló un hermoso viaje,

sin ella el camino no hubieras emprendido,

mas ninguna otra cosa puede darte.

Aunque pobre la encuentres, no te engañaría Ítaca.

Rico en saber y en vida como has vuelto

comprenderás ya que significan la Ítacas.

 

Konstantin Kavafis (1863-1933)

 

Breve análisis del poema:

Este poema,  inspirado en la Odisea de Homero, nos propone una interpretación metafórica del viaje.

El viaje es el recorrido de la vida. Esta metáfora de la vida como sendero, como camino, como viaje es un motivo universal. Recordemos, por ejemplo, los poemas Caminante no hay camino de Antonio Machado y El camino no elegido de Robert Frost.

Las Ítacas son las metas, los objetivos que nos proponemos en la vida. El sentido del poema de Kavafis es que el camino, el viaje, es más importante que la meta: llegar a la vejez con cuanto hayas ganado en el camino — experiencia y conocimiento— sin esperar que Ítaca te enriquezca. Cuando el poeta nos dice Ítaca te regaló un hermoso viaje, nos está mostrando que las metas que nos proponemos alcanzar nos permiten recorrer un camino, en el que vamos ganando experiencia, adquiriendo conocimientos y disfrutando al andar.

Es importante no apresurar el viaje porque es el viaje en sí mismo, y no la llegada a la meta, lo que nos dará satisfacción y experiencia. El poeta parece estar pidiéndonos que no quememos etapas, que disfrutemos cada paso, cada trayecto del camino.

En el viaje de la vida vamos a enfrentar Lestrigones y Cíclopes, metáfora de los miedos, monstruos internos que obstaculizan avanzar. Por eso, el poeta nos dice que nunca hallaremos tales monstruos si no los llevas dentro de tu alma, si no es tu alma quien los pone ante ti. Los miedos, como el miedo a la incertidumbre, el miedo al cambio, el miedo a lo desconocido, suelen ser los principales obstáculos que debemos vencer.  Para derrotar a esos Lestrigones y Cíclopes lo mejor es mantener alto el pensamiento, es decir, mantenerse firme en nuestras decisiones, y limpia la emoción, es decir, desterrar emociones negativas.

Recordemos que el objetivo que guía y mantiene fuerte a Odiseo es regresar a su patria, a Ítaca, y reencontrarse con su familia. Odiseo nunca pierde de vista ese objetivo, lo lleva en su corazón y en su mente, en su espíritu y en su pensamiento.  La perseverancia y la fuerza de voluntad le permiten sobreponerse a los terribles obstáculos del camino. Odiseo regresa a Ítaca rico en saber y en vida: las experiencias, las aventuras vividas lo han enriquecido.

 

Ahora nos podemos preguntar cuál es el objetivo común de todos los seres humanos… ¿ser feliz?

Si la vida es un camino en búsqueda de la felicidad, entonces la felicidad está en el camino, en la búsqueda misma.

Viajar… la búsqueda de uno mismo

El viaje es una metáfora de la vida y también, para muchas personas, viajar es una forma de vida, una búsqueda de nuestro propio ser. Quien viaja, descubre el mundo, descubre otras personas, otras filosofías de vida, otras culturas, otros modos de entender la vida y el mundo. Y es en el contraste con nuestros propios valores, formas de pensar y de vivir, que uno va descubriéndose a sí mismo; vamos conociéndonos a medida que conocemos a los demás. Entre el turista y el viajero hay un abismo de diferencia: el turista va en viaje organizado y planificado, sabe qué se va a encontrar, se hospeda en hoteles –lugares neutro donde solo encontrará otros turistas– y recorre con la vista para capturar la foto que pruebe que estuvo allí. El viajero se aventura hacia lo desconocido, muchas veces sin rumbo fijo, dejando que la vida lo sorprenda, haciendo camino al andar. Al viajero n le interesa la foto sino la charla con los lugareños, el compartir experiencias, el abrir los oídos y el alma, disfrutar el momento. El viajero va ligero de equipaje, lo que va adquiriendo en el camino se lleva en el espíritu, no en una maleta. Para todos los viajeros con quienes comparto una filosofía de vida, acá dejo estos versos de Mario Benedetti:

No te rindas, aun estas a tiempo
de alcanzar y comenzar de nuevo,
aceptar tus sombras, enterrar tus miedos,
liberar el lastre, retomar el vuelo.
No te rindas que la vida es eso,
continuar el viaje,
perseguir tus sueños,
destrabar el tiempo,
correr los escombros y destapar el cielo.
[…]
Vivir la vida y aceptar el reto,
recuperar la risa, ensayar el canto,
bajar la guardia y extender las manos,
desplegar las alas e intentar de nuevo,
celebrar la vida y retomar los cielos.
 
imagen de vuelo-libertad

El libro 1605, de Manuel Mujica Láinez


 

Este cuento de Mujica Láinez toma como referencia  El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Una linda lectura para trabajar la intertextualidad con la novela de Cervantes.

 

«El libro 1605», de Manuel Mujica Láinez, en Misteriosa Buenos Aires

-¡Un par de pantuflos de terciopelo negro!
El pulpero los alza, como dos grandes escarabajos, para que el sol destaque su lujo.
Bajo el alero, los cuatro jugadores miran hacia él. Queda el escribano con el naipe en alto y exclama:
-Si gano, los compraré.
Y la hija del pulpero, con su voz melindrosa:
-Son dignos del pie del señor escribano.
Éste le guiña un ojo y el juego continúa, porque el flamenco que hace las veces de banquero les llama al orden.
– ¡Doce varas de tela de Holanda! ¡Dos sobrecamas guarnecidas, con sus flocaduras!
A la sombra del parral, Lope asienta lo que le dictan, dibujando la bella letra redonda.
Están en el patio de tierra apisonada. A un lado, en torno de una mesa que resguarda el alerillo, cuatro hombres -el molinero flamenco, el escribano, un dominico y un soldado- prueban la suerte al lansquenete, el juego inventado en Alemania en tiempos de Carlos V o antes aun, cuando reinaba su abuelo Maximiliano de Habsburgo, el juego que las tropas llevaron de un extremo al otro de los dominios imperiales. Más acá, cerca de la parra, la hija del pulpero se ha ubicado en una silla de respaldo, entre dos tinajones. Es una muchacha que sería bonita si suprimiera la capa de bermellón y de albayalde con los cuales pretende realzar su encanto. Entre tanta pintura ordinaria, brillan sus ojos húmedos. Viste una falda amplísima, un verdugado, cuyos pliegues alisa con las uñas de ribete
negro. Sobre el pecho, bajo la gorguera, tiemblan los vidrios de colores de una joya falsa. Su padre, arremangado, sudoroso, trajina en mitad del patio. Un negro le ayuda a desclavar las barricas y las cajas, de donde va sacando las mercaderías que sigilosamente desembarcaron la noche anterior. Son fardos de contrabando venidos de Porto Bello, en el otro extremo de América. Se los envió Pedro González Refolio, un sevillano. Buenos Aires contrabandea del gobernador abajo, pues es la única forma de que subsista el comercio, así que el tendero apenas recata el tono cuando dicta:
– ¡Arcabuces! ¡Siete arcabuces!
El soldado gira hacia él. Se le escapan los ojos tras las armas de mecha y las horquillas. Protesta el banquero:
– ¡A jugar, señores!
Y baraja los naipes cuyo as de oros se envanece con el escudo de Castilla y de León y el águila bicéfala.
– ¡Una alfombra fina, de tres ruedas! ¡Cuatro sábanas de Ruán!
Lope sigue apuntando en su cuaderno. Ni el pulpero ni su hija saben escribir, de modo que el mocito tiene a su cargo la tarea de cuentas y copias. Se hastía terriblemente. La muchacha lo advierte; abandona por un momento el empaque y, con mil artificios de coquetería, se acerca a él. Le sirve un vaso de vino:
-Para el escritor.
El escritor suspira y lo bebe de un golpe. ¡Escritor! Eso quisiera ser él y no un escribiente miserable. La niña le come con los ojos. Se inclina para recoger el vaso y murmura:
-¿Vendrás esta noche?
El adolescente no tiene tiempo de responder, pues ya está diciendo el pulpero:
-Aquí terminamos. Una… dos… tres… cinco varas de raso blanco para casullas…
Las ha desplegado mientras las medía y ahora emerge, más transpirado y feo que nunca, entre tanta frágil pureza que desborda sobre las barricas.
-Y esto, ¿qué es?
Levanta en la diestra un libro que se escondía en lo hondo de la caja. Azárase el mercader:
-¿Cómo diablos se metió esto entre los géneros?
Lo abre torpemente y como las letras nada le transmiten, lo lanza por los aires, hacia los jugadores. El escribano lo caza al vuelo. Conserva los naipes en una mano y con la otra
lo hojea.
-Es una obra publicada este año. Miren sus mercedes: Madrid, 1605.
Se impacienta el banquero, a quien acosan los mosquitos:
-¿Qué se hace aquí? ¿Se lee o se juega?
Por su izquierda, hace cortar al dominico la baraja.
El fraile toma a su vez el libro (no es mucho lo que contiene: algo más de trescientas páginas), y declara, doctoral:
-Acaso sea un peligroso viajero y convenga someterlo al Santo Oficio.
-Nada de eso -arguye el dueño de la pulpería-. Luego se meterían en averiguaciones de cómo llegó a mis manos.
Y el soldado: -No puede ser cosa mala, pues está dedicado al Duque de Béjar.
El escribano se limpia los anteojos y resopla:
-Para mí no hay más duque que el Duque de Lerma.
Allí se echan todos a discutir. Bastó que se nombrara al favorito para que la tranquilidad del patio se rompiera como si en él hubieran entrado cien avispas. Por instantes el tono desciende y los personajes atisban alrededor. Es que el pulpero, irritado, ha dicho que el señor Felipe III es el esclavo del duque y que ese hombre altivo gobierna España a su antojo. Sobre las voces distintas, crece la del molinero:
-¿Jugamos? ¿Jugamos, pues?
La niña palmotea desde su silla dura y aprovecha la confusión para dirigir a Lope miradas de incendio.
– ¡Haya paz, caballeros! -ruega el dominico-. He estado recorriendo el comienzo de este libro y no me parece que merezca tanta alharaca. Es un libro de burlas.
Menea la cabeza el escribano:
-¿Adónde iremos a parar con las sandeces que agora se estampan? Déme su merced algo como aquellos libros que leíamos de muchachos y nos deleitaban. Las Sergas de Esplandián…
-Lisuarte de Grecia…
-Palmerín de Oliva…
Los jugadores han quedado en silencio, pues la evocación repentina les ha devuelto a su juventud y a las novelas que les hacían soñar en la España remota, en la quietud de los caseríos distantes, de los aposentos provincianos donde, a la luz de la lumbre, los guerreros fantásticos se aparecían, con
una dama en la grupa del caballo, pronunciando maravillosos discursos en el estruendo de las armas de oro.
Sólo el molinero de Flandes, que nunca ha leído nada, insiste con su protesta:
-Si no se juega, me voy. Sosiéganse los demás.
-Mejor será que lo demos a Lope -resume el escribano-. A nosotros ya nada nuevo nos puede atraer, pues hemos sido educados en el oficio de las buenas letras. Señores, se pierde la raza. Empieza la época de la estupidez y de la blandura.
¡Ay, don Duardos de Bretaña, don Clarisel, don Usuarte!
El pulpero suelta una carcajada gorda y alinea los arcabuces bajo la parra.
-¡Otra vuelta de vino de Guadalcanal! Y el libro, casi desencuadernado por los tirones, aletea una vez más por el aire, hacia el muchacho meditabundo que afila su pluma.
Ahora la casa duerme, negra de sombras, blanca de estrellas infinitas. La muchacha, cansada de aguardar a su desganado amante, cruza el patio de puntillas, hacia su habitación. Espía por la puerta y le ve, echado de bruces en el lecho. A la claridad de un velón, está leyendo el libro, el maldito libro de tapas color de manteca. Ríe, ensimismado, a mil leguas de Buenos Aires, del tendero, del olor a frutas y ajos que inunda la casa.
No lo puede tolerar el orgullo de la hija del pulpero. Entra y le recrimina por lo bajo, con bisbiseo afanoso, de miedo de que su padre la oiga:
-¡Mala entraña! ¿Por qué no has venido?
Lope quiere replicarle, pero tampoco se atreve a levantar la voz. Sucédese así un diálogo ahogado, entre la niña cuyos rubores pugnan por aparecer bajo la máscara de bermellón, y el mocito que se defiende con el volumen, como si espantara moscas.
Por fin, ella le quita el libro, con tal fiereza que deja en sus manos las tapas de pergamino. Y huye con él apretado contra el seno, rabiosa, hacia su cuarto.
Allí, frente al espejo, la presencia familiar de las alhajas groseras, de los botes de ungüento y de los peines de asta y de concha, la serena un poco, aunque no aplaca la fiebre de su desengaño. Comienza a peinarse el cabello rubio. El libro permanece abandonado entre las vasijas. Habla sola,
haciendo muecas, apreciando la gracia de sus hoyuelos, de su perfil. Le enrostra al amante ausente su indiferencia, su desamor. Sus ojos verdes, que enturbian las lágrimas, se posan sobre el libro abandonado, y su cólera renace. Voltea las páginas, nerviosa. Al principio hay algunas en que las
líneas no cubren el total del folio. Ignora que son versos. Quisiera saber qué dicen, qué encierran esas misteriosas letras enemigas, tan atrayentes que su seducción pudo más que los encantos de los cuales sólo goza el espejo impasible.
Entonces, con deliberada lentitud, rasga las hojas al azar, las retuerce, las enrosca en tirabuzón y las anuda en susrizos dorados. Se acuesta, transformada su cabellera en la deuna medusa caricaturesca, entre cuyos bucles absurdos asoman, aquí y allá, los arrancados fragmentos de Don Quijote de la Mancha. Y llora.

 

Para descargar el cuento en pdf, hagan click acá.

La pata de mono


 

 

“La pata de mono” es un cuento de terror del escritor británico W. W. Jacobs. Es probable que les corra frío por la espalda cuando lo lean 🙂 Omito la reseña porque ya lo ha hecho muy bien Luciano Sívori en su blog.

Para leer el cuento, pueden descargarlo en pdf haciendo clic acá o leerlo online en esta página.

Aquí les dejo el cuento leído por Laiseca:

 

cuidado con lo que deseas

Biografía de Tadeo Isidoro Cruz


I’m looking for the face I had

before the world was made.

Yeats: The winding stair.

El seis de febrero de 1829, los montoneros que, hostigados ya por Lavalle, marchaban desde el Sur para incorporarse a las divisiones de López, hicieron alto en una estancia cuyo nombre ignoraban, a tres o cuatro leguas del Pergamino; hacia el alba, uno de los hombres tuvo una pesadilla tenaz: en la penumbra del galpón, el confuso grito despertó a la mujer que dormía con él. Nadie sabe lo que soñó, pues al otro día, a las cuatro, los montoneros fueron desbaratados por la caballería de Suárez y la persecución duró nueve leguas, hasta los pajonales ya lóbregos, y el hombre pereció en una zanja, partido el cráneo por un sable de las guerras del Perú y del Brasil. La mujer se llamaba Isidora Cruz; el hijo que tuvo recibió el nombre de Tadeo Isidoro.

Mi propósito no es repetir su historia. De los días y noches que la componen, sólo me interesa una noche; del resto no referiré sino lo indispensable para que esa noche se entienda. La aventura consta en un libro insigne; es decir, en un libro cuya materia puede ser todo para todos (1 Corintios 9:22), pues es capaz de casi inagotables repeticiones, versiones, perversiones. Quienes han comentado, y son muchos, la historia de Tadeo Isidoro, destacan el influjo de la llanura sobre su formación, pero gauchos idénticos a él nacieron y murieron en las selváticas riberas del Paraná y en las cuchillas orientales. Vivió, eso sí, en un mundo de barbarie monótona. Cuando, en 1874, murió de una viruela negra, no había visto jamás una montaña ni un pico de gas ni un molino. Tampoco una ciudad. En 1849, fue a Buenos Aires con una tropa del establecimiento de Francisco Xavier Acevedo; los troperos entraron en la ciudad para vaciar el cinto: Cruz, receloso, no salió de una fonda en el vecindario de los corrales. Pasó ahí muchos días, taciturno, durmiendo en la tierra, mateando, levantándose al alba y recogiéndose a la oración. Comprendió (más allá de las palabras y aun del entendimiento) que nada tenía que ver con él la ciudad. Uno de los peones, borracho, se burló de él. Cruz no le replicó, pero en las noches del regreso, junto al fogón, el otro menudeaba las burlas, y entonces Cruz (que antes no había demostrado rencor, ni siquiera disgusto) lo tendió de una puñalada Prófugo, hubo de guarecerse en un fachinal: noches después, el grito de un chajá le advirtió que lo había cercado la policía. Probó el cuchillo en una mata: poro que no le estorbaran en la de a pie, se quitó las espuelas. Prefirió pelear a entregarse. Fue herido en el antebrazo, en el hombro, en la mano izquierda; malhirió a los más bravos de la partida; cuando la sangre le corrió entre los dedos, peleó con más coraje que nunca; hacia el alba, mareado por la pérdida de sangre, lo desarmaron. El ejército, entonces, desem-peñaba una función penal; Cruz fue destinado a un fortín de la frontera Norte. Como soldado raso, participó en las guerras civiles; a veces combatió por su provincia natal, a veces en contra. El veintitrés de enero de 1856, en las Lagunas de Cardoso, fue uno de los treinta cristianos que, al mando del sargento mayor Eusebio Laprida, pelearon contra doscientos indios. En esa acción recibió una herida de lanza.

En su oscura y valerosa historia abundan los hiatos. Hacia 1868 lo sabemos de nuevo en el Pergamino: casado o amancebado, padre de un hijo, dueño de una fracción de campo. En 1869 fue nombrado sargento de la policía rural. Había corregido el pasado; en aquel tiempo debió de considerarse feliz, aunque profundamente no lo era. (Lo esperaba, secreta en el porvenir, una lúcida noche fundamental: la noche en que por fin vio su propia cara, la noche que por fin oyó su nombre. Bien entendida, esa noche agota su historia; mejor dicho, un instante de esa noche, un acto de esa noche, porque los actos son nuestro símbolo.) Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es. Cuéntase que Alejandro de Macedonia vio reflejado su futuro de hierro en la fabulosa historia de Aquiles; Carlos XII de Suecia, en la de Alejandro. A Tadeo Isidoro Cruz, que no sabía leer, ese conocimiento no le fue revelado en un libro; se vio a sí mismo en un entrevero y un hombre. Los hechos ocurrieron así:

En los últimos días del mes de junio de 1870, recibió la orden de apresar a un malevo, que debía dos muertes a la justicia. Era éste un desertor de las fuerzas que en la frontera Sur mandaba el coronel Benito Machado en una borrachera, había asesinado a un moreno en un lupanar; en otra, a un vecino del partido de Rojas; el informe agregaba que procedía de la Laguna Colorada. En este lugar, hacía cuarenta años, habíanse congregado los montoneros para la desventura que dio sus carne a los pájaros y a los perros; de ahí salió Manuel Mesa, que fue ejecutado en la plaza de la Victoria, mientras los tambores sonaban para que no se oyera su ira; de ahí, el desconocido que engendró a Cruz y que pereció en una zanja, partido el cráneo por un sable de las batallas del Perú y del Brasil. Cruz había olvidado el nombre del lugar; con leve pero inexplicable inquietud lo reconoció… El Martin Fierro y Cruzcriminal, acosado por los soldados, urdió a caballo un largo laberinto de idas y de venidas; éstos, sin embargo lo acorralaron la noche del doce de julio. Se había guarecido en un pajonal. La tiniebla era casi indescifrable; Cruz y los suyos, cautelosos y a pie, avanzaron hacia las matas en cuya hondura trémula acechaba o dormía el hombre secreto. Gritó un chajá; Tadeo Isidoro Cruz tuvo la impresión de haber vivido ya ese momento. El criminal salió de la guarida para pelearlos. Cruz lo entrevió, terrible; la crecida melena y la barba gris parecían comerle la cara. Un motivo notorio me veda referir la pelea. Básteme recordar que el desertor malhirió o mató a varios de los hombres de Cruz. Este, mientras combatía en la oscuridad (mientras su cuerpo combatía en la oscuridad), empezó a comprender. Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro. Comprendió que las jinetas y el uniforme ya lo estorbaban. Comprendió su íntimo destino de lobo, no de perro gregario; comprendió que el otro era él. Amanecía en la desaforada llanura; Cruz arrojó por tierra el quepis, gritó que no iba a consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contra los soldados junto al desertor Martín Fierro.

De  Jorge Luis Borges, El Aleph (1949)

Traducción del epígrafe: “Busco el rostro que yo tenía antes de que el mundo fuera creado”, Yeats (poeta inglés).

En este cuento el autor toma de la obra Martín Fierro de Hernández el personaje del sargento Cruz, le inventa un nombre y una historia. La escena final recrea el encuentro entre Cruz como sargento de policía y Fierro como gaucho perseguido que aparece la obra de Hernández.

Leer entrada sobre Martín Fierro

¿Tienen preguntas sobre el texto?

La Refalosa. Ascasubi


La Refalosa, por Hilario Ascasubi
la refalosa

Mirá, gaucho salvajón,

que no pierdo la esperanza,

y no es chanza,

de hacerte probar qué cosa

es Tin tin y Refalosa.

Ahora te diré cómo es:

escuchá y no te asustés;

que para ustedes es canto

más triste que un viernes santo.

Unitario que agarramos

Mazorquero (s/f), Juan Manuel Blanes. Wikimedia Commons

lo estiramos;

o paradito nomás,

por atrás,

lo amarran los compañeros

por supuesto, mazorqueros,

y ligao

con un maniador doblao,

ya queda codo con codo

y desnudito ante todo.

¡Salvajón!

Aquí empieza su aflición.

Luego después a los pieses

un sobeo en tres dobleces

se le atraca,

y queda como una estaca.

lindamente asigurao,

y parao

lo tenemos clamoriando;

y como medio chanciando

lo pinchamos,

y lo que grita, cantamos

la refalosa y tin tin,

sin violín.

Pero seguimos el son

en la vaina del latón,

que asentamos

el cuchillo, y le tantiamos

con las uñas el cogote.

¡Brinca el salvaje vilote

que da risa!

Cuando algunos en camisa

se empiezan a revolcar,

y a llorar,

que es lo que más nos divierte;

de igual suerte

que al Presidente le agrada,

y larga la carcajada

de alegría,

al oír la musiquería

y la broma que le damos

al salvaje que amarramos.

Finalmente:

cuando creemos conveniente,

después que nos divertimos

grandemente, decidimos

que al salvaje

el resuello se le ataje;

y a derechas

lo agarra uno de las mechas,

mientras otro

lo sujeta como a potro

de las patas,

que si se mueve es a gatas.

Entretanto,

nos clama por cuanto santo

tiene el cielo;

pero ahi nomás por consuelo

a su queja:

abajito de la oreja,

con un puñal bien templao

y afilao,

que se llama el quita penas,

le atravesamos las venas

del pescuezo.

¿Y qué se le hace con eso?

larga sangre que es un gusto,

y del susto

entra a revolver los ojos.

¡Ah, hombres flojos!

hemos visto algunos de éstos

que se muerden y hacen gestos,

y visajes

que se pelan los salvajes,

largando tamaña lengua;

y entre nosotros no es mengua

el besarlo,

para medio contentarlo.

¡Qué jarana!

nos reímos de buena gana

y muy mucho,

de ver que hasta les da chucho;

y entonces lo desatamos

y soltamos;

y lo sabemos parar

para verlo refalar

¡en la sangre!

hasta que le da un calambre

Y se cai a patalear,

y a temblar

muy fiero, hasta que se estira

el salvaje; y, lo que espira,

le sacamos

una lonja que apreciamos

el sobarla,

y de manea gastarla.

De ahí se le cortan orejas,

barba, patilla y cejas;

y pelao

lo dejamos arrumbao,

para que engorde algún chancho,

o carancho.

Conque ya ves, Salvajón;

nadita te ha de pasar

después de hacerte gritar:

¡Viva la Federación!

Ver también “El Matadero” de E. Echeverría

Odiseo y la fuerza de voluntad


Por Marina Menéndez

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La metáfora de la fuerza de voluntad

La literatura tiene la magia de permitirnos diversas lecturas, múltiples enfoques. El programa de cuarto año de secundaria superior incluye la lectura de la Odisea, una historia de aventuras y entereza ante las adversidades.  Esta obra clásica se puede abordar desde diversas perspectivas, concentrándonos en uno o varios de los muchos temas que plantea.

Este año elegí el tema de la fuerza de voluntad. Odiseo (o Ulises) es un héroe astuto, ingenioso y con una tenaz fuerza de voluntad para enfrentar los obstáculos que le presenta el destino. Muchos de los problemas que afronta son ocasionados por la insensatez y falta de autocontrol de sus compañeros. Por ejemplo, cuando a pesar de la advertencia de Odiseo, deciden matar a las vacas sagradas del Sol (Canto XII).

El concepto de “fuerza de voluntad” está basado en la metáfora de “fuerza”, como si la voluntad fuera un músculo. Usamos está metáfora a diario: para referirnos a alguien con poca fuerza de voluntad, decimos que es “débil“, hablamos de “esforzarnos“, de “no bajar los brazos“, de “mantenerse en pie“, de “soportar los golpes de la vida”, de “hacer frente a las dificultades”, de “resistir” (como cuando hacemos fuerza para que no se nos caiga algo pesado de la mano o para no retroceder cuando algo nos empuja), de “controlarnos” (el deseo de obtener algo inmediato y placentero es una fuerza  que resistimos). Así como para tener fuerza física debemos ejercitar los músculos, para desarrollar nuestra fuerza de voluntad debemos ejercitar nuestro control sobre los impulsos que nos tientan a obtener una satisfacción efímera a costa de graves consecuencias.

Los fuertes lazos de Odiseo

Dice Odiseo en el canto X: “medité en mi irreprochable espíritu si debía tirarme del bajel y morir en el ponto, o sufrirlo todo en silencio y permanecer entre los vivos”. Y ya sabemos lo que decidió nuestro héroe. Su fuerza de voluntad fue más fuerte que las adversidades. Más tarde, Odiseo resiste la tentación de acostarse con Circe hasta lograr que ella le haga un juramento. En el mismo canto, Elpénor, el más joven de los compañeros, no supo medir las consecuencias de beber tanto vino, fue débil ante ese placer, y murió al quebrase el cuello en una caída.

El ejemplo más famoso de la fuerza de voluntad de Odiseo quizás sea el de las Sirenas (canto XII), esos personajes mitológicos que seducen a los hombres con su canto para luego matarlos y devorarlos. Circe le advierte que las Sirenas:

[a los hombres] hechizan las Sirenas con su canto, sentadas en una pradera y teniendo a su alrededor enorme montón de huesos de hombres putrefactos cuya piel se va consumiendo.

Odiseo se ata a un mástil con fuertes lazos para poder resistir la tentación del canto de las Sirenas:

Atádme con fuertes lazos, de pie y arrimado a la parte inferior del mástil, para que me esté allí sin moverme, y las cuerdas líguense a él. Y en el caso de que os ruegue que me soltéis, atadme con más fuerza todavía.

imagen de Herbert James Draper. Ulysses and the Sirens (1909)

Herbert James Draper. Ulysses and the Sirens (1909) Herbert James Draper [Public domain], via Wikimedia Commons

Racionalidad, libertad y responsabilidad

La falta de fuerza de voluntad para resistir tentaciones está presente en muchos textos, recordemos a Pandora abriendo la caja con los males de la humanidad, a Eurídice que no resiste mirar hacia atrás, a Adan y Eva comiendo la manzana, a Caperucita Roja tomando el camino del bosque, a la cigarra cantando y descansando mientras la hormiga trabajaba, a San Agustín rogándole a Dios “Hazme casto pero no todavía”…

El psicólogo Walter Mischel realizó un experimento (conocido como The Marshmallow Test, se puede ver en Youtube como ‘la prueba del malvavisco´) en la década del sesenta. Le ofreció a niños de cuatro años dos opciones: comer una golosina en ese momento o esperar quince minutos y comerse dos. ¿Qué decidieron los niños? Solo el 30% de los niños resistió la tentación de comer la golosina para poder comer dos después de quince minutos. ¿Qué demuestra esto? No mucho: que no nacemos preparados para tomar las decisiones que más nos convienen si eso implica autocontrolar un impulso, el deseo de la satisfacción inmediata. Pero décadas más tarde, el psicólogo entrevistó a esos niños y descubrió que aquellos que habían logrado controlarse y esperar se habían convertido en adultos con más autoestima que los impulsivos, eran menos propensos al abuso de drogas, tenían mejor rendimiento escolar, eran más capaces de manejar el estrés y mantenían mejores relaciones sociales y emocionales. Sin dudas, a veces decir no a los caprichos de un niño tiene insospechados beneficios a largo plazo. Les recomiendo leer “Educar en el autocontrol“, por Belén Prieto.

Como seres racionales, los humanos tenemos la capacidad de tomar decisiones. Esto es, tenemos la capacidad de evaluar diversas posibilidades de acción y tenemos la libertad de elegir cuál nos conviene más. Aquí entran en juego la libertad de elección (y de acción), la racionalidad y la responsabilidad sobre las consecuencias de nuestras elecciones. Otro tema para reflexionar, ¿no?

Contenidos transversales:

El tema del autocontrol en la literatura también puede abordarse desde la psicología (por ejemplo, con Freud y sus conceptos de yo, superyó y ello), la filosofía, las ciencias sociales, la economía y hasta la biología. ¿La biología? Sí, los mecanismos de satisfacción están regulados por nuestras hormonas, especialmente el neurotransmisor dopamina cuya actividad aumenta con el sexo, las drogas y el chocolate. Si no me creen, lean “El amor en términos biológicos“.

Intertextualidad:

La sirena inconforme, por Augusto Monterroso

Usó todas sus voces, todos sus registros; en cierta forma se extralimitó; quedó afónica quién sabe por cuánto tiempo.

Las otras pronto se dieron cuenta de que era poco lo que podían hacer, de que el aburridor y astuto Ulises había empleado una vez más su ingenio, y con cierto alivio se resignaron a dejarlo pasar.

Ésta no; ésta luchó hasta el fin, incluso después de que aquel hombre tan amado y deseado desapareció definitivamente.

Pero el tiempo es terco y pasa y todo vuelve.

Al regreso del héroe, cuando sus compañeras, aleccionadas por la experiencia, ni siquiera tratan de repetir sus vanas insinuaciones, sumisa, con la voz apagada, y persuadida de la inutilidad de su intento, sigue cantando.

Por su parte, más seguro de sí mismo, como quien había viajado tanto, esta vez Ulises se detuvo, desembarcó, le estrechó la mano, escuchó el canto solitario durante un tiempo según él más o menos discreto, y cuando lo consideró oportuno la poseyó ingeniosamente; poco después, de acuerdo con su costumbre, huyó.

De esta unión nació el fabuloso Hygrós, o sea “el Húmedo” en nuestro seco español, posteriormente proclamado patrón de las vírgenes solitarias, las pálidas prostitutas que las compañías navieras contratan para entretener a los pasajeros tímidos que en las noches deambulan por las cubiertas de sus vastos trasatlánticos, los pobres, los ricos, y otras causas perdidas.

Lecturas recomendadas:

Elster, J. (1989) Ulises y las Sirenas. Estudios sobre la racionalidad y la irracionalidad. México: FCE.

Elster, J. (2002) Ulises desatado. Estudios sobre racionalidad, precompromiso y restricciones. Barcelona: Gedisa.

Horkheimer, M. y Adorno, T. (1994) “Concepto de Ilustración”, en Dialéctica de la Ilustración. Madrid: editorial Trotta.

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